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A cara descubierta

Lo productivo de algunas crisis políticas es que dejan al descubierto quién es quién, más allá de los relatos.

La Introducción a Crisis de la Democracia, de Adam Przeworski (2019: 1), comienza con una cita a Gramsci sobre el concepto de crisis: “la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en ese interregno aparecen una gran variedad de síntomas mórbidos”.

Si bien Przeworski escribió ese libro antes de la pandemia, su preocupación por el presente y futuro de la democracia está fundada en tendencias que podían observarse previamente y que se han agudizado. Sin ir más lejos, en la interesante conversación que el autor mantuvo con Luis Tonelli el pasado viernes [1], esa inquietud por la democracia volvió a manifestarse en relación con la proximidad de las elecciones en EE.UU. y, de modo más amplio, en torno a la persistencia de la desigualdad como evidencia del mal funcionamiento de las instituciones representativas contemporáneas.

Siguiendo el camino señalado por Przeworski, llegamos a las Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado Moderno en las que podemos encontrar una descripción muy gráfica de la idea de crisis política y de la sociedad civil. Allí, Gramsci (1980: 180) dice: “los viejos dirigentes intelectuales y morales de la sociedad sienten que les falta el terreno bajo los pies, se dan cuenta de que sus ‘prédicas’ se han transformado precisamente en ‘prédicas’, en cosas extrañas a la realidad (…) de ahí (…) su desesperación. (…) Por otro lado, los representantes del nuevo orden en gestación difunden utopías y planes descabellados”.

¿Cuántas imágenes de la última semana de la Argentina se agolpan en nuestra mente al leer esa descripción tan nítida de una crisis? ¿Cuántos dirigentes parecen sentirse descolocados, extrañados por lo que ocurre en el presente y cuántos otros braman un futuro que no pueden prometer?

Entre todas esas imágenes, la de policías rodeando la residencia presidencial y la de efectivos concentrándose con sus uniformes (¿y sus armas?) en reclamo de aumento de salario y condiciones de trabajo apropiadas son, probablemente, las de mayor impacto.

La memoria histórica, social y política de los y las argentinxs lleva impresa la marca del autoritarismo, la violencia, y las botas en la calle. Esa parte de nuestra historia no puede ser negada, sino que puede ser pensada y dirimida políticamente en democracia. Esto no quiere decir que los miembros de fuerzas de seguridad y de fuerzas armadas deban ser sometidos al empobrecimiento sistemático ni a condiciones de trabajo inconducentes con el ejercicio de su función. Pero, claramente, rodear la residencia de Olivos es una forma de coacción inaceptable en el marco del respeto a la legitimidad democrática de la presidencia, la ocupe quien la ocupe.

¿Qué síntomas mórbidos aparecen en este interregno crítico? Uno de ellos es el de dirigentes que pretenden sacar rédito de una situación excepcional como es la pandemia y sus consecuencias políticas, económicas y sociales. Creer que en política no se aprovecha el error ajeno sería ingenuo, pero existe una distancia entre ese comportamiento pragmático o estratégico y el usufructo irresponsable de la frustración y el enojo acumulado y exacerbado por la coyuntura. Si tu plataforma política se construye sobre el dolor y la muerte ¿qué es lo que representás?

Por otro lado, la ventaja de estas apariciones sintomáticas es que revelan algo, en principio, quién es quién en relación con la defensa de la democracia y las instituciones representativas que, no deberíamos tener que recordarlo, nos costaron una vida conseguir. La violencia política en la Argentina puede rastrearse constitutivamente a los inicios de nuestra conformación política. De allí, el peligro que acarrea ponerse a jugar con algunos fantasmas.

La crisis multidimensional desatada por la pandemia puso al descubierto acciones deliberadamente no democráticas que ya no admiten relatos de supuesta defensa de las instituciones. Los actos suelen ser límites reacios a las palabras. Desde este punto de vista, es políticamente inconsistente reivindicar el valor de las instituciones y la república y, en el mismo movimiento, avalar que un grupo de policías rodeen físicamente la residencia presidencial, con sus uniformes, sus vehículos y sus armas.

Si bien es cierto que este tiempo crítico genera más preguntas que respuestas, algunos acuerdos elementales de nuestro contrato democrático reciente podrían dar continuidad a una forma de convivencia social que se compromete con el ejercicio de la libertad y la lucha por los derechos.

En la política como en la vida, lo nuevo llega irremediablemente. Que esa nueva política se asiente sobre ruinas o se apoye en sólidos cimientos democráticos depende de nosotros.

[1] La entrevista formó parte de las Jornadas de Ciencia Política 2020 de la UBA y está disponible aquí.

CienPuntoUno 2020

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