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A dos puntas

La corrupción es un juego a dos puntas que erosiona la democracia.

¿La persistencia de la corrupción es simplemente la repetición de una desviación? ¿O es la instalación de democracias distorsionadas en las que el precio del gobierno ha sido la usurpación particularista de la función pública?

Empecemos por el principio. En Un país al margen de la ley, Carlos Nino (2005:109) elabora una extensa definición de corrupción, de la cual pueden destacarse dos elementos: el incumplimiento de una función, y de las obligaciones asociadas a una función, para la cual alguien es designado, y la obtención de un beneficio -no siempre económico- para sí o para otros, vinculado a ese incumplimiento. A su vez, quien incentiva esos actos o se beneficia de ellos incurre también en corrupción.

Si bien la definición de Nino reconoce que la corrupción no es exclusiva del ámbito público, nos interesa particularmente la corrupción asociada a la política y al Estado, dado su impacto sobre la democracia. En este sentido más restringido, el Diccionario de política de Bobbio, Mateucci y Pasquino (1983:377) incluye una entrada denominada “corrupción política” en referencia al “fenómeno por medio del cual un funcionario público es impulsado a actuar de modo distinto a los estándares normativos del sistema para favorecer intereses particulares a cambio de una recompensa. Corrupto es, por tanto, el comportamiento ilegal de aquel que ocupa una función en la estructura estatal”.

¿Por qué podemos afirmar que la corrupción erosiona la democracia? Quien comete actos de corrupción juega a dos puntas, disfraza de interés público su interés particular, usufructúa para sí y para un pequeño grupo lo que es de todos por legítimo derecho y causa un daño que excede por mucho el económico.

En ese sentido, quien comete actos de corrupción traiciona la confianza pública, afectando el lazo representativo que es central en la forma actual de practicar la democracia y su misma legitimidad. Cabe recordar que la distinción aristotélica entre formas puras e impuras de gobierno se basa, efectivamente, en el interés que dichas formas persiguen. Según Aristóteles, no importa tanto cuántos gobiernen (uno, los mejores, la mayoría) sino que lo hagan en función del interés público. Cuando uno, algunos o la mayoría sólo persigue su interés particular las formas puras de gobierno se pervierten en formas impuras.

Contemporáneamente, Leslie Schwindt-Bayer y Margit Tavits (2017) han señalado que la corrupción es una amenaza constante a las democracias alrededor del mundo. Sin embargo, la incidencia de la corrupción no es igual en todos los países. Por ello, las autoras se preguntan por qué algunos gobiernos democráticos son más corruptos que otros, afirmando que un factor crucial es la presencia de arreglos institucionales y partidarios que hagan sencillo a los votantes identificar las responsabilidades y exigir rendición de cuentas, por ejemplo, a través del voto.

No obstante, el trabajo de Sofía Vera (2018) introduce una dimensión que es central en la comprensión del impacto electoral de la corrupción política. La autora señala que los votantes castigan la corrupción de modo más indulgente cuando el candidato es percibido como competente. Específicamente, Vera (2018:3) sostiene que “el desempeño económico induce a los votantes a evaluar la corrupción de los políticos competentes de una manera fundamentalmente diferente a la de los incompetentes”. Así, la autora discute y va más allá de una explicación lineal que simplemente asocie bienestar económico con indulgencia frente a la corrupción.

Este tipo de investigaciones en Ciencia Política no sólo son interesantes, pertinentes, innovadoras, sino que también son necesarias. Es preciso comprender los determinantes de la reproducción de prácticas corruptas en la política y su impacto sobre las preferencias electorales.

Y en contextos donde existen dudas sobre los resultados del Poder Judicial y sobre la producción de Justicia, la pedagogía de la corrupción enseña que podemos adaptarnos al saqueo de lo público, convivir con esa distorsión de la democracia, sin consecuencias mayores para sus autores.

La corrupción política, y la ausencia de efectos gravosos sobre sus responsables, consagra democracias distorsionadas que empañan la representación y pueden generar más insatisfacción con la democracia representativa. Y si bien las responsabilidades son múltiples, quienes se enriquecen de modo ilícito y oportunista en el ejercicio de la función pública, mientras encubren su interés particularista con disfraces de interés público, juegan a dos puntas un juego peligroso para el conjunto de la sociedad porque pueden afectar la legitimidad del sistema democrático, además de desviar recursos públicos de su fin legítimo.

Las democracias contemporáneas, muchas de las cuales han sido arrancadas del autoritarismo y la vileza de procesos que consagraron la violencia, la represión, la apropiación y la muerte -como en Argentina-, merecen más de nosotros.

CienPuntoUno 2020

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