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Cultura y Espectáculos | After Life | Ricky Gervais

After Life: historia breve de un duelo eterno

La creación del británico Ricky Gervais (The Office, Extras, Derek) es, a simple vista, difícil de clasificar. La sola presencia de Gervais, como autor, director y protagonista, nos conduce, de primera mano, a suponer que se trata de una comedia. El formato y la extensión de los capítulos (un promedio de 25 minutos por episodio), también. Pero todos estos prejuicios, bien fundados, se pierden en la complejidad de una trama que articula el drama humano de la pérdida -como telón de fondo- con un humor dosificado que, sin embargo, no pierde la brutalidad y el descaro al que acostumbran los monólogos habituales del artista (el del discurso de apertura de la última edición de los Globos de Oro es un claro ejemplo).

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La historia que se narra en la serie – Netflix, dos temporadas hasta el momento: la primera, de 2019; la segunda, estrenada en abril de 2020 – transcurre en un modesto pueblo inglés. Tony (Gervais) es un periodista cincuentón, que trabaja en la redacción del periódico local. Acaba de perder a su esposa, a causa de una enfermedad terminal, y transita el duelo, en una primera instancia, con un espíritu nihilista y algo de bronca hacia el resto del mundo. Es que la relación de Tony y Lisa, una pareja de mediana edad, sin hijos, aparece retratada en la serie como una suerte de burbuja singular. Rodeada de un entorno de aparente mediocridad, la dinámica de la pareja – a la que accedemos en formato de flashbacks resueltos con la incorporación de videograbaciones y, también, a partir de los relatos del propio protagonista – se presenta, un poco potenciada por la irrupción de la muerte, como un refugio auténtico, una joya en el “desierto de lo real”. Al menos, esa es la sensación que inunda al protagonista y lo conduce, en consecuencia, a manejarse de un modo poco amable hacia todo aquel que lo rodea y que, lamentablemente, ha logrado sobrevivir a su esposa.

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El humor se da, de manera principal, a través de la interacción entre Tony y sus compañeros de redacción como, así también, en el desfile de personajes que involucra su tarea principal como periodista: el abordaje de los acontecimientos de “relevancia” a nivel local, que, en gran parte, rozan el absurdo. Mención aparte, aquí, para las intervenciones de su terapeuta, grandes momentos de incorrección política. En el otro extremo, los picos dramáticos – si es que es posible llamarlos así – acontecen en las visitas de Tony a su padre (internado en un geriátrico a causa de su demencia senil), las charlas eventuales con una señora amiga en el cementerio (que acaba también de enviudar) y aquellos momentos de intimidad en los que el protagonista mira, postrado en la cama, los videos que su mujer grabó a modo de “instrucciones” para una vida sin ella.

Pero sería injusto decir que la comedia y la tragedia se encuentran tan segmentados en la trama; lo correcto es decir que, a medida que avanza la narración, los momentos se entremezclan, lo triste se vuelve hilarante y viceversa. En un capítulo de la segunda temporada, un compañero de trabajo de Tony resume algunas de las transformaciones sociales de los últimos tiempos y sentencia: todo se ha vuelto demasiado serio. Quizás también pueda extenderse esta interpretación al intento de Gervais de hacer del duelo algo más bien agridulce, con toda la complejidad que rodea a la sensación de un mundo que se acaba y, sin embargo, nos exige seguir viviendo.

After Life es una experiencia que bien vale la pena, sea como una maratón de fin de semana o como un disfrute en pequeñas dosis, administradas día por día, para extender la despedida. Así como Tony mira los videos de Lisa, a cuentagotas, entre lágrimas y risas.

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