Banner Radio Header

Opinión |

Aleluya

Ud. que está leyendo estas líneas es un creyente, quizás no se había percatado, pero es un creyente. Ud. cree, y no hablamos de religiones, o no solamente de creencias religiosas. Ud. cree y cada día su vida está ordenada por una serie de creencias. Se levanta a la mañana y mira el pronóstico del clima, cree en el servicio meteorológico, hace o suspende salidas o asados basado en la fiel creencia de un pronóstico de lluvia.

Ud. cree que el auto arrancará cuando dé vuelta la llave o que el agua alcanzará la temperatura que desea en una pava automática; la lista podría extenderse a miles. En cada acto de nuestra vida está la creencia. Ni hablemos cuando esa creencia recae sobre otro/a. Alguien a quien hay que creer; el diagnóstico de un médico, el fallo de un juez o el secreto profesional de un psicólogo/a, en la honestidad del despachante de nafta, en el banco que deposita sus ahorros. Bien… quizás este último ejemplo es crucial. Los bancos nos han decepcionado hace tiempo pero seguimos creyendo, o al menos muchos siguen creyendo.

Hace siglos atrás un filósofo cambió el curso de la historia del pensamiento simplemente preguntándose ¿en qué se puede creer realmente? Partía de esta simple pregunta y en una respuesta “no puedo creer en nada que me haya engañado antes” entonces, dudó de todo. El filósofo era René (sí, como la rana) Descartes y su duda cartesiana se hizo famosa. Desde ese momento se comenzaron a instalar las bases para el desarrollo del pensamiento científico. Sí, el mismo que permitió siglos después que su auto encienda, que una pava eléctrica ponga la temperatura para el mate, y también dio lugar al conocimiento jurídico, médico o psicológico.

Pero, vaya paradoja, todo nuestro sistema actual de creencias está basado en un tipo que se puso a dudar de todo, y dudó de todo menos de que estaba dudando. Si dudo, dijo, pienso y si pienso existo. ¿Por qué es revolucionario? Porque antes el saber provenía de una sola fuente, Dios, y sus intérpretes valían su conocimiento en un mandato divino. Si se cuestionaba eso se cuestiona a Dios, ni más ni menos. Porque Descartes era filósofo y matemático, y para nada ingenuo, y con dios no se metió; de lo contrario su destino no era otro que la hoguera. Pero al igual que el Chavo, sin querer queriendo, estableció las bases del conocimiento científico que iniciará el fin de los grandes sistemas de creencia basados en deidades a la vez que instalará un nuevo amo, el saber científico.

La ciencia fue ocupando paulatinamente ese espacio, esa relación entre el saber y la creencia durante los siglos XIX y XX. Pero este nuevo semidios nos ha defraudado, no siempre ha acertado, y sin ponernos en epistemólogos (no es el sentido de explicar cómo funciona el pensamiento científico y su fiabilidad) esto ha ocurrido muchas veces, pero, aun así, no se cuestionaba al conocimiento científico, hasta hace tres décadas. Casi nadie cuestionaba la eficacia de una vacuna, la curación de un medicamento o en la redondez del planeta tierra. Hoy cada vez podemos ver con mayor asiduidad que se están cuestionando de forma masiva los saberes científicos.

¿Cómo es posible? Y no es que nos hemos vuelto todos cartesianos, no son dudas en pos de proponer un sistema de conocimiento científica o filosóficamente válido. Hoy podríamos pensar que se cambió la certeza de la duda del lógico por otra certeza. Vivimos en una época que todo es posible, nada de lo que se escuche es descabellado. Vivimos en una época donde viejos sistemas de creencia ya no resultan suficiente para sostener y regular las relaciones sociales. Lo social se fundaba en un pacto por medio de palabras basado en una prohibición. Prohibición que producía un ordenamiento desde una sesión en común. Todos perdemos algo para tener el resto. Desde esa renuncia se inauguraba lo social, y desde el pacto se establece una manera de atemperar la agresividad que nos enfrenta al otro. “Tus derechos terminan donde empiezan los míos” cuántas veces lo habremos escuchado invocar esta frase que hoy pareciera tiene poca vigencia.

Aleluya_Imagen 1.jpg

No es una época para la renuncia, para la postergación de la satisfacción; por el contrario, es un tiempo donde el mandato es a un goce absoluto y permanente. Frente a este panorama el otro no se me presenta como alguien que tiene mis mismos limites, alguien quien también perdió algo; sino como alguien que me priva de mi disfrute, que me saca lo que es mío por derecho. Entonces la relación al otro solo se puede volver persecutoria “algo me está sacando o algo me va a sacar”.

A partir de estas nuevas formas de relación, con una caída generalizada de los grandes sistemas de creencia, la única certeza que va quedando es la satisfacción individual. Donde la creencia ya no se basa en el otro y las relaciones de saber sino en lo que siento. Todo me puede engañar menos lo que siento sería el nuevo cógito cartesiano. Las fakenews se afianzan en ese mecanismo. Ya no necesito ver para creer, sino que busco encontrar lo que ya sé. Y lo que sé lo siento y si lo siento no dudo. En este sistema la otredad, en tanto diferente, se vuelve más extranjero e intrusivo. Al otro lo acepto en tanto identidad mía. Sólo acepto lo que es idéntico, lo que no tiene ninguna diferencia, donde no aparece ninguna falla, y cuando aparece, ese otro/igual se descarta. Se cancela. De la misma manera en se bloquea a alguien es una red social.

Creer, hace unos siglos era creer en otro. La creencia era sostener un sistema de reglas y valores que estaba más allá de mi persona. Hoy solo se puede creer en self, cada quien está librado a la creencia de su propio sistema de valores. Somos cada vez más creyentes del único dios verdadero de la época que es el yo, y todas las redes sociales se vuelven evangelio e iglesia. ¡Aleluya al yo!

Hoy uno solo se puede fiar del propio goce. Estas formas de lo social y de subjetivación son parte de la explicación de una violencia que es ubicua, que puede estar en cualquier lugar y en cualquier momento. Estableciendo nuevas formas de lazos sociales. Y donde Odiar está a la orden del día. Pero el odio será el tema de la próxima columna.

CienPuntoUno 2020

Dejá tu comentario

Seguí leyendo