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Opinión | Átomos | Historias | Arya Stark

Átomos e Historias

El mundo existe antes de nuestro nacimiento o al menos eso nos cuentan. Porque el mundo es eso, lo que los otros nos cuentan que es. Salimos a descubrirlo, a conocerlo, pero es siempre un relato, un cuento o una novela sobre lo que es el mundo, o al menos las historias que lo conforman.

Las historias de las mujeres y los hombres que habitan (o han habitado) conforman la red a la cual venimos, y logramos venir al mundo para ser sostenidos por esa red. La red de historias que teje el sentido que habitamos y nos habita. Así nos constituye, nos subjetiva y socializa. Parafraseando a Galeano, estamos hechos de historias además de átomos.

Y átomos e historias tienen algo en común, no podemos verlos si no es con el instrumento adecuado. Para los átomos es necesario microscopios avanzados; pero los átomos, antes que en los microscopios existían en las historias y en la filosofía. Esas que se llaman hipótesis o teorías. Que sirven para explicar cómo funcionan las cosas hasta que ya no sirven porque vino una historia que explica mejor.

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Las historias, en todas sus formas, explican cuando dan un sentido. El sentido atempera la incertidumbre de estar vivos, y estar vivos es no saber cuando moriremos. Todas las historias no hacen sino recubrir el sinsentido de la humanidad. Las historias en todas sus formas, las series de Netflix, los cuentos de cuna, las parábolas, los códigos penales. Todas en el fondo intentan hacer de la muerte un acto de justicia con la vida, que la muerte no sea cualquier cosa, sino un acto divino, una imprudencia evitable, un escarmiento de infractores. Pero por más que lo intentamos la muerte no deja de ser un sinsentido, nacemos para morir, nos enseña la filosofía.

Y en el mientras tanto nos plagamos de razones, justificaciones y sentidos para enfrentar a la muerte. Y en estas razones se nos va la vida; hoy en abril de 2021 no es una metáfora. Bandos se cruzan en una batalla de sentidos, razones y verdades frente a la muerte, todos desde un saber se arrogan la forma en que el otro está obligado a enfrentarse a la muerte. Con vacuna o sin, con presencialidad o sin ella en las escuelas, nos hemos convertido en soldados de la vida y la muerte ajena. Y lo hacemos descuidando una verdad, una que a algunos les ha tocado, una que quienes trabajamos en salud sabemos, no hay muerte peor que la muerte en soledad, no hay peor fin que aquel que no permite despedidas, que no permite las últimas palabras que pasan a la historia, que hacen lazo aun en la muerte. Que no permite pésames o velorios que ritualizan e inician el duelo de la pérdida.

Pero el Covid-19 llegó, nos llegó a todos y todas, pero no por igual

Y como hacer equidad ante la desigualdad es lo que nos hace humanos y humanitarios, ante la desigualdad mayor de todas que siempre es la muerte. Los y las laburantes de salud intentamos hacer ante este imposible, cada quien desde su saber y su técnica de preservarnos del “no hay mañana” que es una de las formas de la muerte.

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Pero por ahora esperamos que haya mañana. Y aquí viene una historia, y el recuerdo de la mejor heroína que la ficción nos ha dado estos tiempos. Como Arya Stark, lo único que podemos decir por ahora es “No hoy”. Las tablas de multiplicar, los abrazos de gol, la revolución francesa y todas esas historias seguirán ahí, o buscarán nuevas formas de trasmitirse. Porque el sentido se tiene cuando pasa de uno a otro, sea en las pinturas de una cueva, una serie o una carta de amor, sin vida no hay historias. Intentemos seguir vivos.

Lic. Sebastían Núñez - Psicólogo - MP 0596

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