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Barro Tal Vez

"Eran días rojos, viejos blandos, desplomados en un cielo sin canciones ..."

Eran días grises, días cubiertos de barro, las calles, los autos, los perros, las escuelas y las personas. En todas las cosas estaba el barro. Nos empezamos a hacer de barro aquel último miércoles de marzo del 2017.

El barro vino y se llevó casas, vidas, calles y nos dejó historias.

Los griegos acuñaron el término “Desastre” para nombrar las transformaciones en el firmamento, que sin esperarlo las estrellas (astros) cambiaban de repente. Pero era un cambio que no los tocaba, era lejano, allá lejos de la tierra. En cambio, cuando algo de la naturaleza se transformaba abruptamente y los afectaba se llamaba catástrofe; desde entonces no podemos pensar un desastre natural sin una catástrofe social. La inundación de ese marzo fue el claro ejemplo. De esos ejemplos que no se olvidan porque nos marcó a cada uno de nosotros y nosotras.

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Quienes trabajaron durante la catástrofe tienen relatos. Algunos de ellos corresponden a experiencias vividas y otros a vivencias que les contaron, sin por ello ser ajenas. De una u otra manera la catástrofe impactó sobre todos, y es así como cada relato de un vecino o un compañero de trabajo se nos hizo propio. En todas aparece lo que llamamos “lo traumático”; algo irrumpe sin esperarlo, sin aviso, impensado, como imposible que ocurra, y cuando aparece no da mucho tiempo a pensar. Pone en riesgo nuestra vida, destruye nuestros lugares, nuestros afectos y cambia la vida como la vivimos hasta ese momento.

Y las historias que trajo el barro hacen que los ateos nos convirtamos en agnósticos. Vidas salvadas en el último segundo, niños caídos de botes en la oscuridad de la madrugada, y rescatado por un bombero dos cuadras río abajo. Adultos mayores sacados por alguien del ejercito con el agua al cuello. Inodoros transformados en geiseres de mierda y barro. Vecinos rompiendo paredes de casas derrumbadas, en la oscuridad, para rescatar a quienes vivían allí.

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Los días de esas historias eran grises y marrones los suelos. No tenían horas, sólo había luz y luego noches oscuras, largas, frías y húmedas. Esos 11 días de lluvias, no había sed, ni hambre, al menos aprendimos que debíamos comer y beber aunque el cuerpo no lo pidiera. Porque en la emergencia el cuerpo no pide; y cuando pide es tarde.

Los días de esas historias eran grises y marrones los suelos. No tenían horas, sólo había luz y luego noches oscuras, largas, frías y húmedas

Aprendimos que las escuelas eran centros de evacuados, que las 4x4 servían para algo más que dar un status social y que los vecinos eran rescatistas, costureros y cocineros. Las redes sociales dejaron los narcisismos por unos días y se mostraron testigos del horror, la necesidad y la solidaridad. La catástrofe nos enseñó que, sin la solidaridad de los vecinos, sin la ayuda mutua y permanente muchas más vidas se hubieran perdido.

Los centros de evacuados tenían una dinámica asombrosa, por momento solo había un par de personas, a la hora cientos, y al otro día se cerraba, para necesitar abrirlo al día siguiente. La intervención que iniciaban con una familia un día, al siguiente no estaba. Vecinos que llegaban a clasificar donaciones, porque “con la angustia no me podía quedar en mi casa, vine a doblar y clasificar ropa”.

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Nadie quería estar en esos centros, todos cargaban en la mirada el deseo de querer irse, volver para saber si algo quedaba de su casa, o el temor constante que pudieran robarles lo que el agua no había arruinado, pero los centros de refugiados eran el único lugar seco y cálido, era el sitio donde el agua era segura y la comida caliente. No había lugar para irse.

Hoy, pensando esos días, rescatando esas historias que nos salvaron del gris del cielo y el marrón del barro. Recuerdo a los niños en los centros de evacuados, y sé que estaban jugando, con juguetes donados con otros niños que venían del barro, dibujaban, volaban aviones, y eran bomberos y soldados que rescataban peluches en el río de zapatos donados. Cuando un niño juega, el mundo es un lugar más amable, es un lugar seguro, propio y compartido con quien se anime a la seriedad del juego. El juego trae la risa, y la risa les recordaba que aun vivían, que aún sin casas había mundo y había otro. Es por esto, entre otras cosas, que el juego en las infancias se convierte en la forma privilegiada de elaborar lo traumático.

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Los centros de refugiados eran el único lugar seco y cálido, era el sitio donde el agua era segura y la comida caliente. No había lugar para irse

Hoy vivimos en otro refugio, los aislamientos de hoy traen algo de aquellos días de encierro, donde tampoco se podía circular, y quedarse en casa era una forma de cuidarse. El diario de hoy trae noticias de ayer, nada nos hacer suponer que una nueva ola de covid-19 no venga, y perdimos la cuenta ¿es la segunda o la tercera ola? Casi como las lluvias de aquel abril ¿fueron dos o tres?

Pero ante estas dos catástrofes pensemos en nuestras historias.

En 2017 y en 2020 todos rescataron a alguien, y alguien nos rescató, de aquellas lluvias o de estas olas. Pero sin otro no hay rescate ni salvamento.

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