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Con lo puesto

La pandemia, como las crisis vitales, nos llegó sin aviso y nos encontró con lo puesto. Algunas ideas para pensar un tiempo y una vida en común postpandemia.

Hace unos días, en un conversatorio organizado por la UNPSJB[1], nos dispusimos a pensar y dialogar sobre ideas y alternativas para la recreación de la comunidad política en la postpandemia.

Si bien la noción de comunidad política forma parte de los conceptos de la Ciencia Política, probablemente pase con ella lo mismo que con la democracia: todos y todas quienes nos leen y escuchan tienen una idea, una imagen sobre el significado de la comunidad política. Entonces, más que discutir esos significados previos, quisiera agregar algunos matices.

La tensión entre lo individual y lo colectivo, entre lo particular y lo universal, entre lo diferente y lo común atraviesa toda la teoría política. A veces, lo común se concibe relacionado con lo individual, aunque diferente cualitativamente. Pienso en la manera en que Aristóteles entiende la asociación política. Hay un ejemplo inolvidable que Aristóteles (1986: 22) usa en La Política, en referencia al Estado, que es el del cuerpo y la mano. Dice: “el todo es necesariamente superior a la parte, puesto que una vez destruido el todo, ya no hay partes, no hay pies, no hay manos (…) porque la mano separada del cuerpo no es ya una mano real”. Esta es una concepción organicista de la comunidad política y, por cierto, discutible.

Otras veces, lo común se percibe como opuesto a lo individual, como si cualquier enunciación de lo colectivo pusiera inmediatamente en riesgo la defensa de los derechos individuales. Creo que ahí aparece un error o una ideologización tendenciosa del pensamiento sobre la comunidad política. Porque esa tensión es irreductible, existe, independientemente de que la neguemos o pretendamos borrarla bajo pretexto de una defensa del individuo que no hace más que reducirlo a una existencia limitada. El ser humano, efectivamente, ha construido comunidad política desde tiempos remotos, ha establecido relaciones de poder, ha fijado reglas para la convivencia –de contenido variable en el tiempo- y ha buscado resolver los problemas propios de la asociación política: abastecimiento, seguridad, realización en el encuentro con lxs otrxs.

En ese sentido, lo común es lo compartido, frente a lo individual. El desafío es trascender lo particular en una afirmación política de lo común, de una identidad que se construya sobre la diferencia. Y ahí hay un proceso conflictivo, quizás contencioso, sobre cómo entender lo común, qué es lo mejor para todxs, cómo producir comunidad política. Lo difícil de la comunidad es poner junto lo que es diferente.

Cuando pensamos en la comunidad política no podemos partir de la presunción de unidad como algo natural. El hecho de la asociación política es una constante observable, pero eso no equivale a la unidad. En efecto, la historia está repleta de ejemplos de enfrentamientos entre aquellos considerados miembros de la misma comunidad. Así, la afirmación de lo común es un acto político y, por ello, requiere ser reproducido, exige trabajo político. Como han señalado Vommaro, Hurtado y Paladino (2018), ese trabajo político es situado, se ejerce en diferentes escalas y tiene por propósito la producción de bienes públicos, de valor público.

Al respecto, podemos preguntarnos cuáles son los problemas que enfrentamos al pensarnos como una comunidad política en la postpandemia (¿o para la postpandemia?).

Algunos de esos problemas son conocidos, pero se han visto profundizados de manera abrupta: la pobreza, y el rápido empobrecimiento; el desempleo, y la pérdida del empleo en el registro de la subjetividad; el aumento de la desigualdad económica, en el acceso a la tecnología, a la educación, a la infraestructura básica, a los espacios virtuales de socialización, a la vida común tal como transcurre en la actualidad.

Al mismo tiempo, aparecen otros problemas: la convivencia con restricciones que implican una modulación desde parcial hasta extrema de la vida para la supervivencia y el desvanecimiento de la idea de futuro (nos cuesta pensar el futuro, proyectar). Es posible que la disputa por el presente sea tan fuerte porque no podemos disputar el futuro, no podemos discutir sobre lo que no podemos imaginar, aún, políticamente. Entonces la polarización aumenta y convivimos con una politicidad desencantada.

Y todo esto nos encontró como suelen encontrarnos las crisis vitales, con lo puesto. Así como estábamos en términos de recursos, de capacidades, de proyectos a medio hacer y de sueños por cumplir tuvimos que dar una respuesta, individual y colectiva a la expansión del virus.

Al respecto, en el conversatorio que menciono al inicio de este texto, señalé que la salida de la Argentina de la pandemia puede estar apoyada en tres claves, tres apuestas. En primer lugar, la apuesta por su sociedad civil, por las organizaciones, los grupos, la experiencia de formación de redes y desarrollo de estrategias de supervivencia. En segundo lugar, la apuesta por el desarrollo de capacidades estatales coordinadas entre instituciones y entre distritos, en dirección del camino iniciado por el IFE, por ejemplo. En tercer lugar, la apuesta por liderazgos plurales, horizontales, con capacidad de adaptación (frente a la rigidez, la negación y el autoritarismo que han fracasado).

Está claro que partimos del presupuesto de que habrá un después, otro tiempo[2]. De hecho, la vida misma es un presupuesto metodológico. Pensamos y actuamos bajo la hipótesis operativa de que viviremos. Si así no fuera, nuestras probabilidades de supervivencia se verían seriamente disminuidas dado que muchos de nuestros hábitos, preocupaciones y decisiones tienen que ver directamente con esa perspectiva temporal.

Entonces, pensar ese tiempo post pandemia es, bajo el presupuesto de la vida, preguntarnos si la comunidad política puede tramitar esta experiencia, y sus efectos asociados, en el marco de una continuidad, o si nos enfrentamos a un evento disruptivo. Todo proceso político deja marcas, pero en este caso la magnitud, profundidad y naturaleza del problema que enfrentamos, de sus consecuencias, y de las respuestas que hemos podido dar, hacen que todo lo conocido se ponga a prueba.

[1] Ciclo Diálogo de Saberes, “La comunidad en la postpandemia”, organizado por el Cdor. Jorge Gil y la Secretaría de Extensión de la UNPSJB.

[2] “Habrá otro tiempo”, 28/6/20.

CienPuntoUno 2020

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