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Cultura y Espectáculos | Dark | Netflix

Dark: la herida del tiempo

La producción original de Netflix estrena su tercera y última temporada el próximo 27 de junio. ¿Cuál es el secreto de esta serie que, en su lanzamiento, parecía tan sólo la versión alemana de "Stranger Things"?

El pueblo de Winden tiene un historial irresuelto de niños desaparecidos. La noche del 4 de noviembre de 2019, el suicidio de Michael Kahnwald y la desaparición de Mikkel Nielsen reavivan la herida abierta por una misteriosa serie de desapariciones que atraviesa a las distintas generaciones de pobladores locales. Cada desaparición desnuda los secretos que enlazan a las familias protagónicas entre sí y expone la red de mentiras y ocultamientos que sostiene la fachada de la cotidianeidad. Para el espectador, las conexiones entre los personajes se revelan a cuentagotas y hará falta hacerse de un machete para no perder el hilo de los lazos consanguíneos que los unen.

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Winden es un pueblo pequeño cuyo mayor activo tecnológico es una planta de energía nuclear. Fuente de numerosos puestos de trabajo y de provisión de energía, la planta es la razón de su existencia a la vez que su calvario: las desapariciones suelen darse en sus inmediaciones. Pero, ¿a dónde van los desaparecidos? En la primera temporada, el misterio detrás de las desapariciones es el leitmotiv que mueve a los personajes y los lanza a la búsqueda de respuestas. Y la pregunta que inicia la búsqueda no es tanto el dónde sino el cuándo. Lo que descubren algunos protagonistas es que buscar a los desaparecidos en un determinado espacio geográfico es inútil, sus rastros parecen haberse evaporado de la tierra. Pero más que evaporarse de la tierra, se han evaporado del presente. La búsqueda, entonces, se convierte en una búsqueda a través del tiempo.

Jonas Kahnwald (Louis Hofmann) es, tal vez, el personaje principal de esta historia que se ubica entre el suspenso y el drama. Es que los viajes en el tiempo, lejos de volverla un mero producto de ciencia ficción, hacen de Dark un manifiesto del existencialismo y de la angustia que lo caracteriza. La trama es, en cierta medida, una heredera digna de la filosofía continental y su tradición alemana. Al caer en la cuenta de los misterios que rodean a las desapariciones y su relación con los viajes intertemporales, los protagonistas se enfrentan con un dolor que va más allá del duelo de la pérdida. ¿Qué pasaría con nosotros si los límites que el tiempo sincrónico impone a nuestra existencia histórica desaparecieran? ¿Y si pudiéramos cambiar el curso de los acontecimientos que nos duelen pero ello implicase, al mismo tiempo, renunciar al hecho de existir? ¿Se puede jugar a ser Dios y desprenderse, en el acto, de todo resquicio de humanidad?

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Dark trata, sin más, de un conjunto de personas que descubren un poder maravilloso pero incompatible con la idea de finitud que envuelve a la condición humana y que dota de sentido a sus pasiones, deseos y angustias, a la vez que las regula. Y la experiencia de verla vale por todo eso y también por lo opresivo del clima (mérito del guión de Jantje Friese y la dirección de Baran bo Odar), que sumerge al espectador en el drama y lo atrapa con giros y revelaciones inesperadas. Algo mareado ya, por las idas y vueltas en el tiempo, le asestará el golpe final el próximo 27 de junio. Restan tan sólo unos días para saber si la herida del tiempo tiene, al fin, una sutura.

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