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De Juegos e Infancias

El mundo de los adultos y el mundo de los niños no está tan separado, si hay algo juntamente que creo que no deberíamos hacer los adultos es el confundir la niñez con tontera, el pensar que al niño se lo puede mentir, engañar, o hacer creer cualquier cosa que un adulto quiera. Como si estuvieran a la exclusiva voluntad de determinación del adulto. Algo que procuro que no se repita es esa falta de respeto por lo que un niño es, no tratarlo con el respeto con el que tienen que ser tratados.

Los niños son sujetos, no sólo de derecho, sino también sujetos que construyen el saber más allá de lo que el adulto quiere que sepa. Si algo me sorprende gratamente de la niñez, es el punto donde siempre hacen algo que cuestiona un posible destino, ya sea que los padres o maestros, hayan trazado para ellos.

Si algo me ilusiona en un niño es que justamente, puedan no estar enteramente donde uno cree que está, sea una categoría diagnóstica o un saber sobre su entorno. Darle la voz a un niño, implica poder tolerar lo que tiene para decir, más allá de lo que ese niño es hablado por adultos, esa es la clave de lo que considero es el trabajo clínico con niños.

Mi infancia en La Plata estuvo marcada por el fútbol, en mi barrio éramos todos, o de Estudiantes, o de Gimnasia. En los principios de los 80 la realidad era muy distinta para esos clubes, uno salía bi-campeón argentino (Metro y Nacional) el otro transitaba largos años por el descenso. Todos los días, cuando la lluvia nos permitía, jugábamos al futbol en un potreo mitad pasto mitad asfalto, faltaban décadas para que se inventara la playstation, pero ya habíamos inventado el “pause”. Como la mitad de nuestra cancha era una calle, aunque no muy transitada, cuando venía un auto gritábamos “AUTO” y el juego se detenía, hasta que el vehículo se alejaba, nadie podía moverse del lugar, era una falta al honor del juego que nadie se permitía.

Los partidos duraban hasta que ya no había luz del sol, o la pelota despejada por un defensor nervioso, iba a parar al patio de algún vecino que no quería escuchar nuestros gritos, y no la devolvía a pesar de nuestras súplicas. En aquella época las camisetas eran de piqué, no venían con apellidos ni números preimpresos, pero antes de cada partido cada uno gritaba el apellido del jugador que íbamos a ser. Como no se televisaban los partidos, nuestro juego tenía una característica más, eran relatados por nosotros mismos, a la manera de la radio. Toda una proeza aeróbica, que creo que hoy no podría darme. Antes del puntapié inicial se daba la ceremonia con un grito “cantéprí, Russo y último para atajar”. Esos partidos eran un juego por esos detalles, porque era jugar a la pelota, no éramos nosotros sino Russo, Sabella o Camino, quien “domina la pelota y encara al arco”.

El miedo bordeaba el partido, jugábamos en la puerta de un convento de monjas, nuestra cancha era en “Lo de las monjas” y la leyenda que corría entre nosotros eran que las monjas eran enterradas allí mismo, uno que otro contaba que había visto el cadáver de la Madre superiora en el sótano de la capilla. Cuando la pelota caída dentro del convento el deber ético era responsabilizar al rústico por su acto, y so pena de recibir el mote de cobarde (usábamos otro término) debía saltar el paredón de 2,50mts para rescatar a la nro. 5. El salto era una proeza individual, pero alguno siempre hacía de campana desde lo alto del paredón advirtiendo si alguna monja apareciera rastrillo en mano, o si algún muerto salía del cementerio imaginario.

La lluvia o el frío, con nuestras madres como interdictoras, no nos dejaban ir al potrero durante el invierno. Eso no detenía nuestra obsesión por el futbol. De los juguetes el que más recuerdo fue un juego que inventamos con mi hermano y mis amigos del barrio. Tenía una de las características que menos se ven en los juguetes hoy por hoy, y era la utilización de un objeto para darle una función muy distinta a la original. El juego se hacía con botones, en ese tiempo las abuelas, por lo menos la mía, atesoraba botones de todo tipo y tamaños. Ella los sacaba de la ropa que se iba a tirar y los guardaba desordenadamente en una caja de metal, hoy creo era de té importado.

El juego tenía las mismas reglas del fútbol, pero se jugaba con botones robados, había que seleccionar 11 y algunos suplentes, a los cuales se dibujaba la camiseta y el número de cada jugador. Los botones eran disparados por un lápiz que se apretaba en la punta para que salga en busca de la pelota. El secreto era que en el puñado de botones debía tener diferentes características, los botones más grandes eran el arquero y los defensores, los más livianos eran wines y el que mejor disparaba era el 10. Se hacían torneos que duraban tardes y fines de semanas enteros. Los botones que tenían mejor disparo podían ser canjeados por otros, como un actual mercado de pases.

Cuando se va uno de esa patria que es la infancia, se empieza a extrañar de esos juegos. Con la adolescencia el mundo se amplía, se conocen otras barras que jugaron otros juegos en su niñez, que tienen otros códigos, que no siguen la misma ética en los juegos. Ahí descubrí que no todos estaban tan obsesionados con el futbol, y que hasta algunos nunca lo habían jugado, u otros que lo hacían como deporte en un club enserio. Con divisiones, entrenadores, arcos con red y travesaño.

En algún punto todos somos migrantes de nuestra propia niñez. Porque la infancia es ese terruño tierno del que habla García Lorca, el lugar donde uno creció, fantaseando jugar en el primera del pincha, proeza que ninguno de los pibes del barrio logró. Algunos nos fuimos muy lejos de ese potrero, mitad pasto mitad asfalto, donde hoy no hay chicos jugando. Cada vuelta a La Plata paso por “lo de las monjas” la cancha es mucho más chica, el paredón ya no es tan alto, y estoy casi convencido que no hay un cementerio del otro lado. Pero sé que voy a llevar a mi hijo ahí pronto, a patear un poco y jugar a la pelota, con relato de radio.-

Lic. Sebastián Núñez - Psicólogo - M.P. 0596

CienPuntoUno 2020

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