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¿Democracias averiadas o inconclusas?

Hace tiempo que los y las estudiosos de la política expresan preocupación por la democracia. Más allá de sus vaivenes, la democracia es un proceso inconcluso.

Mucho antes de que palabras como virus, pandemia, aislamiento, casos y curva se volvieran parte de nuestro lenguaje corriente, ya estábamos muy preocupados por el devenir de nuestras anheladas democracias. Y así es como las nociones de erosión, deterioro y retroceso democrático han pretendido señalar que eso que observamos en tanto fenómeno político ha tomado distancia de un concepto pleno de democracia.

Sin embargo, como es de esperar en todo lo humano, no es tan sencillo determinar binariamente si un país es o no es democrático.

En términos teóricos, el punto de partida es una conceptualización de la democracia que pretenda algo más que elecciones periódicas, incluso si fueran libres y limpias. A esta altura de las luchas que nuestros países latinoamericanos han sostenido en defensa de su libertad y por la ampliación de derechos, lo que se espera de la democracia es mucho más que elecciones.

Precisamente, en Qué esperar de la democracia, Przeworski (2010) analiza los ideales de igualdad, libertad y autogobierno que han animado las nociones de instituciones representativas y democracia por más de dos siglos. Y si bien el autor ofrece argumentos para mostrar los límites que esos ideales encontraron en la práctica política, afirma que no hay ningún sistema político que pueda funcionar mejor.

En busca de ese sentido más amplio de democracia, podemos pensar con O’Donnell (2007) que el sujeto de la democracia no es el votante, sino el ciudadano, incorporando a esa noción las dimensiones civil, social, cultural. Pero agregaría aquí dos dimensiones de la ciudadanía, la económica y la ambiental, así como un señalamiento sobre el género como estructuralidad sobre la cual aquellas dimensiones operan, y bajo la cual se producen y reproducen modos de ciudadanía diferentes, condicionados, o incluso vedados. En otras palabras, no es igual el ejercicio de derechos, ni siquiera su acceso, si somos varones, mujeres, trans u otra identidad de género elegida, aun en regímenes que reciben habitualmente la denominación de democráticos.

Entonces, hay una construcción democrática siempre inconclusa. Efectivamente, esperamos muchas cosas de la democracia y esas expectativas logran, a veces, hacerse derechos, cuerpo de leyes, horizontes de futuro. Por ejemplo, en Argentina y en el nivel nacional, observamos un camino de ampliación de ciudadanía en distintas dimensiones, que va desde aquel discurso de Alfonsín de octubre de 1983 en el que denuncia las “consecuuadencias de esta sociedad antica y machista” sobre las mujeres, pasando por el divorcio vincular (1987), la Ley de Cupo (1991), el matrimonio igualitario (2010), la identidad de género (2012), la paridad de género en ámbitos de representación política (2017), la capacitación en género en la función pública (2019), y llegando hasta el debate público que aún está abierto sobre la interrupción voluntaria del embarazo y respecto a la paridad de género en el Poder Judicial.

Pero, como señalábamos al inicio de este texto, los procesos políticos no son lineales y las democracias no siempre se dirigen hacia su plenitud, sino que experimentan vaivenes, o incluso quiebran.

Sin ir más lejos, el 2019 se fue dejando un amargo sabor a golpe de Estado en Bolivia, con o sin adjetivos (Malamud y Marsteintredet, 2019). Si bien la postulación de Evo Morales había sido avalada por el Tribunal Electoral, las dudas sobre el conteo de votos - aún en debate- durante la elección del 20 de octubre de 2019, sumado a los cuestionamientos previos en torno a la candidatura en sí, abrieron la puerta a un desenlace que incluyó el exilio del presidente, la participación de las Fuerzas Armadas y la formación de un gobierno provisional que permanece.

La pandemia desatada en 2020 no hizo más que profundizar los desafíos a la democracia, así como los riesgos en relación con su deterioro. Más que una novedad en cuanto al tipo de conflictos que las democracias de la región deben enfrentar, la pandemia del Covid19 mostró cuán profundo pueden calar los conflictos no resueltos (sean deudas, promesas incumplidas o, simplemente, decisiones) y qué tan inestables son los delicados equilibrios sobre los cuales se ordena nuestra vida en común.

En ese sentido, no es nueva la pobreza, ni la desigualdad, ni la insatisfacción en torno a la seguridad pública -por ejemplo, en Uruguay (Queirolo, 2020)-, ni la polarización como problema para la democracia (Svolik, 2019), ni la existencia de vastos sectores de nuestras sociedades que aún añoran el orden por encima de cualquier otro valor, conviviendo con otros que quisieran cambiarlo todo, y ya. Lo nuevo es la velocidad y generalización del deterioro que enfrentamos, en contextos de polarización (Argentina), crisis de representación (Chile), quiebre de la institucionalidad democrática (Bolivia) y aumento de la distancia ideológica en los sistemas de partidos (Uruguay y la emergencia de Cabildo Abierto), por mencionar algunos ejemplos (y sin poder conceptualizar adecuadamente el caso de Brasil porque la ferocidad que lo recorre tampoco es nueva, pero es peor). Y todo ello, además, en sincronía con la interrupción forzosa del ciclo de movilizaciones que la región estaba experimentando. Esas movilizaciones proveían un canal de expresión de demandas que hoy se encuentra fuertemente restringido a causa de la ocupación del espacio público por un virus implacable.

Frente a este panorama, resulta productivo pensar nuevamente las relaciones entre Estado y régimen, entre respuestas estatales y carácter de las democracias, entre capacidad estatal y efectividad de los derechos. En esa búsqueda, volví a leer las Conversaciones que forman parte de Democracia ¿en qué Estado? Allí, Rancière (2010: 83) afirma que la democracia tiene una función crítica, es “el rincón de la igualdad establecida dos veces, objetiva y subjetivamente, en el cuerpo de la dominación, es lo que impide que la política se transforme en una simple policía”. Una democracia averiada pierde esta capacidad. Sin ella, sólo queda la fuerza.

Pero también es posible que nuestras democracias sólo estén inconclusas y, por lo tanto, llamadas a ejercer esa función crítica -y nosotrxs con ellas-, continuar un proceso de expansión de derechos sobreponiéndose a los vaivenes, y resistir los embates autoritarios, aun cuando estén disfrazados de provisoriedad o camuflados en la emergencia.

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