Banner Radio Header

Opinión | Gobierno Nacional | Provincias | federalismo | democracia | pandemia | la Ciencia Política

Desde lejos no se ve

La política es un juego de tableros múltiples. Así como atestiguamos respuestas diversas de los gobiernos nacionales frente el Covid 19, los gobiernos subnacionales y locales también desarrollan estrategias diferenciadas. ¿Cuál es el límite a esta pluralidad de políticas que navegan entre el aislamiento y la interdependencia?

La indómita diversidad que anida en las unidades políticas nacionales, subnacionales e incluso locales, parece haber quedado al descubierto -más que de costumbre- a partir de la pandemia desatada por el Covid 19. (Sí, maldito virus).

Sabemos que los límites y fronteras territoriales actúan a veces como imaginarios fuertes (creo que un ejemplo es la provincia de Bs. As.), mientras que en otros casos no son más que líneas trazadas con regla (ver mapa de África o límites provinciales fijados en los paralelos en la Argentina) ya que sobre ellas se desarrollan identidades previas que siguen operando a pesar del esfuerzo delimitador.

En cualquier caso, y pensando en Argentina, dentro de cada una de esas unidades territoriales conviven jurisdicciones, facultades constitucionales, relaciones sociales, desigualdades, formas de segregación más o menos legitimadas, deudas de la democracia, grados de pobreza estructural (el acceso al agua en CABA es un ejemplo), capas de políticas públicas (por caso, edificios con arquitectura reconocible y atribuible a distintos gobiernos), paisajes asociados a matrices de producción agrícola, ganadera, frutícola, petrolera, ictícola, vitivinícola, minera, turística, por mencionar algunas.

Y, fundamentalmente, en esas unidades políticas habitan ciudadanos y ciudadanas residentes en diferentes jurisdicciones, sujetos a órdenes que expresan formas particulares de conjurar el temor al contagio y de actuar sobre la prevención y el cuidado de la salud. Órdenes que regulan el deseo y el desplazamiento (en Chubut sólo puedo caminar y comprar los días que me permiten según número de DNI par o impar), cambian la fisonomía de los cuerpos (ahora cubiertos por ‘tapabocas’) y regulan detalles de la vida comunitaria hasta hace poco impensados (donde vivo no puedo detenerme a “interactuar” socialmente ni sentarme en el banco de una plaza, por ejemplo).

Para quienes estudiamos Ciencia Política, así como para nuestrxs colegas historiadores, esta diversidad no es nueva. Pienso en los colegas que han estudiado los territorios nacionales, la Gobernación Militar de Comodoro, o las formas del peronismo en el interior del país. Por su parte, y sólo mencionaré algunos colegas, la Ciencia Política ha desarrollado estudios sobre las identidades políticas (Barros), la construcción del Estado (Oszlak), el desigual alcance del Estado y la legalidad (O’Donnell), la distribución geográfica del poder y los patrones de desarrollo (Bianchi), la política subnacional (Mauro y Ortiz de Rosas), la democratización subnacional (Behrend), la difusión de cuotas en relación con el género (Caminotti), y podríamos elaborar una enorme lista de contribuciones y estudios que se fundan en la comprensión de que los fenómenos políticos pueden adquirir dinámicas diferentes en los niveles nacional, subnacional y local.

En el marco de esta diversidad, nuestro federalismo parecía estar funcionando como un reloj a cuyo mecanismo se le daba cuerda desde Bs. As, hasta que esta pluralidad de partidos políticos en los gobiernos, trayectorias epidemiológicas y densidades de población empezaron a interactuar.

Entonces, lo que parecía ser una armoniosa melodía de gobiernos cooperando dio paso a ruidos de desacuerdo sobre la hora de esparcimiento. Y varios gobiernos subnacionales tuvieron que aclarar que no acatarían lo habilitado por el gobierno nacional, dada la situación de sus comunidades respecto a la propagación del virus.

Más aún, la diversidad territorial y política del Covid 19 no se limita a una multiplicidad de órdenes normativos que parecerían configurar ciudadanías diferenciadas, con cosas que podemos o no podemos hacer según el lugar de residencia, sino que se expresa en trayectorias diferentes de contagio y multiplicación de casos, y por lo tanto de distribución desigual del riesgo de enfermedad y muerte. En ese sentido, no se trata ya de un problema de percepción del riesgo en función de la posición estructural en relación con el mercado de trabajo o la filiación ideológico-partidaria, sino del efecto material y concreto de la presencia más o menos acentuada de un virus mortal en nuestras comunidades.

A la fecha de escritura de este texto, en Argentina sólo dos provincias, Formosa y Catamarca, nunca experimentaron (¿o detectaron?) casos de Covid 19[1]. El resto, se reparte 7134 casos y 353 muertos. De ellos, la Ciudad Autónoma de Bs. As. (CABA) ha registrado 2618 casos, 153 de los cuales están activos, siendo el distrito más afectado.

Teniendo en cuenta la amplitud de este rango, son los gobiernos locales y subnacionales los que cuentan con más y mejor información y conocimiento de lo que ocurre en sus distritos y de la heterogeneidad que recorre sus territorios. Ellos saben cuáles son los grandes centros urbanos, cómo es la vida en los pueblos, cuántos parajes y comunas rurales se mantienen alejados de, entre otras cosas, la curva de contagio de este virus. Y saben también cuánto aguantan sus economías y cuán lejos o cerca está ese punto de desequilibrio en que si aún no te mató el virus te matará la pobreza.

Pero eso no quiere decir que esos gobiernos, y las comunidades a las que representan, deban arreglárselas como puedan ni tampoco regirse como si fueran una unidad política independiente, un feudo o una ciudad-estado fuera de un orden más amplio, en este caso, la República Argentina.

Ese es el desafío institucional que esta pandemia nos pone por delante. Articular aislamiento e interdependencia, diversidad y homogeneidad, cooperación y conflicto, orden y deseo. Hacer andar un federalismo que siempre tuvo sus matices y que combinado con la dinámica partidista y una pandemia se puede volver una trampa.

Eso lo sabe Rodríguez Larreta que, en lugar de jugar a la política del blanco móvil ejerciendo una oposición irresponsable, desarrolla una estrategia de cooperación, respetuosa distancia o sorprendente proximidad, según la necesidad. Lo sabe Kicillof, último responsable político del distrito más poblado del país y, por lo tanto, el de mayor probabilidad numérica de contagio, que aprovecha la conferencia de prensa junto al presidente para dejar en claro que es él quien la tiene realmente difícil.

Desde Bs. As. cuesta imaginar la realidad del pueblo más remoto de la meseta chubutense, o del barrio más pobre de una capital del NOA, o de los muchos núcleos urbanos que hay en la Argentina. Sólo podremos comprender esa diversidad de dinámicas territoriales y partidistas si miramos de cerca, porque desde lejos no se ve.

[1] Información disponible en el portal Argentina.gob.ar, acceso: 15/5/20, 18 hs. https://www.argentina.gob.ar/coronavirus/informe-diario/mayo2020.

Dejá tu comentario

Seguí leyendo