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Dolor por el fallecimiento de Valerio Gómez

Ayer viernes se conoció la triste noticia que enluta a todo el mundo periodístico de la región. Gómez, oriundo de la provincia de Corrientes, se desarrolló profesionalmente como fotógrafo de El Patagónico por más de cuatro décadas.

Valerio Gómez pertenecía a otro momento del periodismo, cuando al fotógrafo aún no se lo llamaba reportero gráfico, ni mucho menos foto-periodista. En sus últimos días en la profesión se mostraba sorprendido por la evolución en las técnicas, a las que se adaptó a comienzos de la pasada década, orientado por colegas más jóvenes.

Valerio se formó cuando los negativos pasaban por el laboratorio. Había ingresado a El Patagónico en 1971 porque en el diario fundado por Roque González se necesitaba a un profesional para el horario nocturno, el que iba de 20 a 24.

“Había químicos para el negativo y otros para el papel; ahora está todo digitalizado y es un cambio radical total”, expresó alguna vez.

“Había que cumplir las sociales; fiestas; casamientos; cumpleaños; cumpleaños de 15, entre otras actividades de la vida social de la ciudad”, recordaba cuando hablaba de sí mismo, algo que no hacía con frecuencia.

Valerio era un hombre de palabras justas, oportunas y precisas. Antes de ingresar al Diario se desempeñó en la industria petrolera, como enganchador. La fotografía era un hobby que le permitía sumar un ingreso extra, sobre todo en verano cuando iba a Mar del Plata.

“Después de tantos años, lo que me deja el diario es una familia laboral. Y lo profesional: siempre aprendí nuevas técnicas”, dijo poco antes de retirarse.

En sus primeros tiempos compartió laboratorio con otro grande de la profesión: Lito Ulloa. Cuando éste se fue hace dos décadas, Valerio heredó la antigüedad, si es que ello es posible. Compartió el laboratorio con muchos fotógrafos y la calle con decenas de periodistas, a los que sin proponérselo les dio lecciones más de una vez. Por ejemplo cuando una vez apaciguó la ansiedad de un joven que lo urgía para ir a cubrir un accidente de tránsito.

“Si son solo unos foquitos rotos, ¿para qué tanto apuro?”, le dijo mientras se colgaba al hombro su característico bolso en el que guardaba objetos que iba encontrando en la calle, desechados por quienes no le conferían el valor que él les veía. Su patio en el barrio San Isidro Labrador era testigo de ello.

Su agilidad le permitió mantenerse activo hasta su retiro. Una de sus últimas coberturas fue una nota con los “deportistas del año” en el Cerro Chenque, el que subió con más agilidad que el periodista que lo acompañó.

Tal vez el secreto de su fortaleza cuando ya había pasado los 70 años residía en la ruda, esa bebida que llevaba en una botella a la Redacción cada 1 de agosto para compartir en ayunas y alejar así cualquier fantasma que anduviera acechando.

Fuente: El Patagónico

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