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El desafío de la convivencia democrática

La incógnita quedó develada y Argentina tiene un nuevo presidente electo. Mientras los y las dirigentes organizan el traspaso de la administración y el mando, la ciudadanía se enfrenta al desafío permanente de la convivencia democrática.

El escrutinio provisorio de las elecciones del 27 de octubre indica una opción generalizada entre dos grandes construcciones políticas, dos frentes que concitan adhesiones y expresan visiones alternativas sobre la vida en común, los problemas más urgentes y las maneras de alcanzar un horizonte de bienestar.

Como hemos señalado en otras oportunidades, la política electoral se juega en varias arenas simultáneamente, por ello la lectura de los ganadores y perdedores ha sido matizada por datos, previsiones de escenarios futuros e indicios sobre el comportamiento probable de cada uno de los actores.

Mientras que el Frente de Todos logró ganar la presidencia en primera vuelta, Juntos por el Cambio consolidó una interesante posición legislativa que le permitirá negociar iniciativas y proyectos en mejor situación de lo que se esperaba días después de las PASO.

Incluso, el encuadre comunicacional de la coalición oficialista ha rozado la noción de “los que ganan cuando pierden”. Dado el resultado de las PASO, en las que Juntos por el Cambio obtuvo 32,93% de los votos y el Frente de Todos 49,49%[1], el caudal electoral obtenido por el oficialismo en la elección general sorprendió por su incremento, alcanzando un total del 40,38% de los votos. Al mismo tiempo, el 48,1% de los votos obtenidos por el Frente de Todos en esa instancia, según escrutinio provisorio, dejó un sabor amargo en tanto se esperaba un porcentaje aún mayor, dada la persistencia del deterioro en las condiciones económicas generales del país y la adhesión concitada por la candidatura de Alberto Fernández.

Sin embargo, vale despejar la lectura de los resultados a partir de algunas evidencias.

Por un lado, Macri es el único presidente de la democracia reciente que buscando su reelección no la consigue. En ese sentido, lo casos comparables son los de otros presidentes en ejercicio que desde 1983 a la fecha podían reelegir y efectivamente se lo propusieron, teniendo en cuenta que la posibilidad de reelección se introdujo en la reforma constitucional de 1994. Son los casos de Menem en 1995 y Cristina Fernández de Kirchner en 2011. De los tres casos, dos son positivos y uno es negativo. Macri perdió la reelección.

A su vez, esta mejora en el desempeño electoral permite no sólo idear el futuro de la coalición oficialista como proyecto político sino también, en un sentido más pragmático, consolidarse como oposición legislativa y desde allí reanudar la disputa por el poder.

Por otro lado, el Frente de Todos ganó la elección presidencial en primera vuelta, con un candidato a presidente proclamado hace muy pocos meses, y con una candidata a vicepresidente que reúne el afecto y la adhesión de millones de argentinos, así como el rechazo decidido de otros tantos. En ese marco, un triunfo en primera vuelta es contundente, aunque no fuera arrasador, y expone el profundo descontento con el gobierno nacional de una amplia mayoría de la población.

En ese sentido, un oficialismo que pierde en primera vuelta, pero se consolida como proyecto, y una oposición que gana sólidamente, pero no perfora el imaginario del 50% de votos (¿lo logrará en el escrutinio definitivo?), componen un cuadro vibrante cuyo título bien podría ser “el desafío de la convivencia democrática”.

Este desafío radica en la comprensión de las dinámicas de competencia electoral y alternancia política propias de una democracia. Dicho así, parece sencillo. Sin embargo, algunos indicadores actúan como signos de alarma.

En primer lugar, la polarización de las preferencias electorales ha dejado poco espacio para la construcción de terceras vías o instancias superadoras del eje peronismo- antiperonismo. Así, la convivencia democrática en los próximos años tendrá que sostenerse entre grupos con miradas poco conciliables que, además, encuentran en la referencia a ese otro opuesto los contornos de su propia identidad.

En segundo lugar, la dinámica que adquirió la campaña entre las PASO y la elección general, así como los resultados obtenidos por el oficialismo nacional, parecen indicar que no todo es plata en esta vida. El voto económico que funcionó como principal explicación del resultado de las PASO parece estar acompañado de otras motivaciones y preferencias que incluyen diferenciaciones de clase y rasgos de segregación socioespacial. Las imágenes del país, y hacia dentro de los distritos, con predominio de colores azules (Frente de Todos) para las zonas menos favorecidas en términos relativos y de amarillos (Juntos por el Cambio) para las más ricas en recursos nos hablan del arraigo territorial de las diferencias socioeconómicas y políticas.

Por último, y más preocupante aún, el enfrentamiento entre azules y amarillos, entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio, entre peronismo y antiperonismo, se está reconstruyendo no sólo en términos ideológicos sino también en el terreno de la moral. Al respecto, la politóloga belga Chantal Mouffe advierte la derivación antagonista que pueden adquirir este tipo de enfrentamientos. En su libro En torno a lo político, la autora señala que si la competencia política adquiere un carácter moral se tratará de una lucha entre el bien y el mal, tornándose un conflicto de carácter antagónico, un juego de suma cero: lo que nosotros ganamos lo tienen que perder los otros. En cambio, sostener la competencia política en democracia en términos agonistas implica un reconocimiento de la legitimidad de los otros a enarbolar sus proyectos políticos y a promover su implementación, de manera tal que el juego se torna de suma variable: unos ganan más y otros menos.

Las referencias cruzadas entre unos y otros, chetos y planeros, oligarcas y populistas, seres egoístas que no pueden ver más allá de su individualidad y seres irracionales que votan siempre lo mismo, todos acusando a “los otros” de haberles robado el país que soñaron, hacen pensar que la convivencia democrática requerirá desandar ciertas intensidades electorales para pasar a una etapa en que la construcción colectiva y amplia tenga una oportunidad.

Quizás el desafío central de nuestra convivencia en democracia ya no sea aprender a ganar y perder elecciones, sino a vivir día a día en un país atravesado por múltiples desigualdades cuya superación depende necesariamente del compromiso más amplio posible.

[1] Datos del escrutinio definitivo de las PASO publicados por la Cámara Nacional Electoral.

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