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El valor tiempo de la vida

La pandemia nos pone frente a preguntas, desafíos y dilemas, y la necesidad de elaborar respuestas rápidas con poca información. Entretanto, recordamos que la vida hoy vale más que cualquier promesa de bienestar en el futuro. ¿Qué esperar del Estado en este contexto?

Uno de los primeros conceptos que aprendemos en cualquier materia de economía, y en la experiencia vital de las y los argentinos, es el del valor tiempo del dinero. Se trata de una idea muy sencilla y presente en nuestras vidas cotidianas. El dinero vale más hoy que en el futuro porque ese dinero puesto en una inversión podría producir intereses, y porque existe incertidumbre respecto a qué podremos comprar con ese monto de dinero en una fecha futura. Nuestra historia inflacionaria nos hizo aprender ese concepto, por las malas.

Sin embargo, la idea del valor tiempo del dinero no es exclusiva de países con problemas de inflación. En realidad, se trata de un punto de apoyo clave de toda la ingeniería económica del capitalismo que, como bien ya sabemos, tiene por propósito central asegurar plusvalía, es decir, ganar más dinero.

Ahora bien, llegado este estadio del desarrollo del capitalismo como modo de producción y acumulación es preciso recordar que se trata, como el Estado, de un producto histórico y en tanto tal, sujeto a variaciones. Y si bien en gran parte del mundo contemporáneo el capitalismo ha sobrevivido resistencias revolucionarias, cambios tecnológicos y demográficos, ciclos de regulación y desregulación, este sistema se enfrenta hoy a una certeza aún mayor que la de sus principios constitutivos: el valor tiempo de la vida.

En el contexto actual de urgencia y reorganización de la vida social producto de la pandemia en curso, algunos dilemas tienden a ceder frente al peso de las evidencias. El primer dilema fue qué salvar primero, la salud y la vida o la economía. Frente a esta disyuntiva, los gobiernos de diversos países tomaron decisiones y definitivamente producirán experiencias muy disímiles para sus sociedades. Al respecto, el presidente Fernández ha dicho que se trata de un falso dilema, pero esa afirmación no hace más que ratificar la contundencia de su respuesta. Desde su punto de vista, y el de muchos ciudadanos y ciudadanas, no había nada que pensar, la vida está primero.

Ocurre que también existe un valor tiempo de la vida. Una vida salvada hoy, el acceso a la salud garantizado hoy, vale más que cualquier promesa de prosperidad, o mínimamente de subsistencia, en el futuro. No podríamos comprometer nuestra salud y nuestra vida en función de lo que ocurrirá con la economía en los próximos meses sencillamente porque por ese camino ni siquiera podríamos garantizar que vamos a estar ahí para verlo. Lamentablemente, las evidencias de este presente abrumador no indican que, pasada esta experiencia, todo vuelva a ser como antes. La magnitud del impacto del cierre de fronteras, pérdida de empleos, deterioro del precio del petróleo, caída de industrias como el turismo, entre otras, y sin considerar los efectos que esta experiencia global tendrá sobre las personas y sus vínculos, configura un escenario que intentamos pensar y anticipar, pero que no podemos prever.

Aún así, la certeza del valor tiempo de la vida puede ofrecernos indicios sobre la respuesta política estatal. El estado tiene por fin específico y carácter distintivo lo que Max Weber llamó el monopolio de la violencia física legítima. Sólo el Estado está autorizado a usar la fuerza. Los ciudadanos y ciudadanas que usen esa fuerza contra otros estarán cometiendo un delito. ¿Por qué? Porque, efectivamente, el Estado ha concentrado el uso de la fuerza para garantizar la vida, en primer lugar. Y así lo entendieron los teóricos del contrato social cuando pensaron en cómo justificar la obligación política, es decir, por qué estamos obligados a obedecer. Lo estamos porque asegurar la vida es nuestro interés más primitivo y elemental en tanto asociación política. No hay propiedad que se disfrute, ni bienestar que se asegure para ninguna comunidad si no se puede garantizar la vida.

Así como cada uno de nosotros se enfrenta a situaciones de extrema dureza, con familiares a quienes no podemos ver ni cuidar, con proyectos que no podemos hacer avanzar, con cuentas que empiezan a llegar y temor por la duración de este tiempo tan aciago, rodeados de imágenes espeluznantes de muertes, así también el Estado se enfrenta a su desafío más visceral, cumplir con aquello que hace a su propia existencia. Y el segundo dilema que enfrentará, una vez resuelta la pregunta por la vida o la economía, será cuánto Estado podemos desplegar para asegurar el acceso a la salud y el derecho a la vida.

¿Cuánto Estado admite una sociedad democrática? ¿Cuánto Estado exige una emergencia nacional y global inédita? Y, más difícil aún, ¿cuánto puede el Estado frente a estos desafíos? Estas preguntas pueden parecer muy abstractas, en general las preguntas de la política parecen muy abstractas, hasta que nos damos cuenta de que el mundo social, económico y político que conocemos es resultado de una construcción, y experimentamos sus cambios en nuestra vida cotidiana. Un ejemplo de estos días es la discusión sobre la nacionalización temporal del sistema de salud privado, en un país como la Argentina en el que la membresía de uno u otro plan de medicina prepaga ha funcionado como sistema de estratificación social y estrategia de diferenciación.

Las respuestas a esas preguntas están en acto, en plena elaboración mientras vivimos día a día el aislamiento. De esas respuestas depende no sólo cuidar la salud y la vida, sino cómo transitaremos los próximos meses o años en tanto comunidad.

Estos días recordé una canción de Eladia Blázquez, Honrar la vida, que musicalizaba un programa de televisión de fines de los ‘80 llamado Atreverse. Nuestra recuperada democracia estaba en sus primeros años, sentíamos mucho miedo a una reversión autoritaria y, al mismo tiempo, sabíamos que sólo con coraje podíamos vivir una vida que merezca ser vivida. Alfonsín había hecho mucho para recuperar esa dignidad de pueblo, para persuadirnos de que podíamos vivir mejor. Teníamos que atrevernos, merecer la vida, erguirnos a pesar de las caídas, no sólo vivir. Y aquí estamos, muchos años después, llamados a honrar la vida, una vez más.

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