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Opinión | Schmitt | Mouffe | Julien Freund | Paul Pierson | Juan Carlos García Reig

Habrá otro tiempo

La irrupción de la pandemia, los cambios en nuestra vida cotidiana y el carácter siempre inconcluso de lo político nos convoca a comprometernos y dar sentido al tiempo presente.

La irrupción de este tiempo de cuarentena, un tiempo inesperado, extraño, hizo que pensara una y otra vez en el carácter inconcluso de lo político, en tanto ámbito, esencia o constante inacabable.

El pensamiento político ha teorizado lo político en contraste con la política, reservando esta última denominación para una actividad, algo que se hace en el marco de relaciones de poder y que, probablemente, conduce al establecimiento de cierto orden.

Desde Schmitt (1932) hasta Mouffe (2007), pasando por Julien Freund (1965), los estudiosos de la política han señalado que lo político encuentra su rasgo distintivo en la relación amigo-enemigo, es decir, en el antagonismo. Por su parte, Freund agrega dos presupuestos de lo político a los cuales enuncia como mando- obediencia y público-privado.

Si bien Freund teoriza estos presupuestos como esencia de lo político, es claro que el resultado de una relación amigo-enemigo será siempre contingente y, en consecuencia, abierto, dando a los procesos políticos este contorno inconcluso. Ese carácter de disputa permanente entre proyectos hegemónicos y contrahegemónicos queda más claro en Mouffe, quien lo asocia con la posibilidad misma de una democracia que efectivamente logre representar las diferencias. Para ello, ese antagonismo siempre presente en la vida social debe transformarse en lucha agonista, es decir, en enfrentamiento entre adversarios a quienes se les reconozca la legitimidad de enarbolar proyectos de comunidad alternativos, incluso contrapuestos al orden vigente.

Ese antagonismo no debe confundirse con una apología de la guerra, ni con una militancia de la polarización (o como le decimos en criollo, grieta), sino que expresa el reconocimiento de lo difícil de la comunidad, que es poner junto lo que es diferente. Y si bien el discurso liberal nos ha convocado a pensar la diferencia como riqueza social, lo cierto es que cuando nos enfrentamos a severos desacuerdos en nuestra comunidad política advertimos cuán profundas son esas diferencias y qué tan arduo puede resultar la política que intente articularlas. La discusión sobre qué vale más, si la economía o la salud, podría ser un buen ejemplo.

Ahora bien, lo que la política y lo político -en tanto actividad y fundamento- tienen en común es que ocurren en el tiempo. De hecho, una de las primeras tareas en la enseñanza de la Ciencia Política es intentar que los y las estudiantes noten la importancia del tiempo en la comprensión de los procesos políticos, en la investigación sobre los fenómenos políticos, en el estudio sobre el comportamiento de los actores, en el análisis de los problemas políticos.

Quienes estudiamos la política convivimos con el tiempo, reconocemos su importancia, lo invitamos a la mesa cuando pensamos un problema. De hecho, un gran libro de la Ciencia Política contemporánea se titula, justamente, Politics in Time, de Paul Pierson (2004). Pero esta pandemia, las medidas de aislamiento más o menos rigurosas que todos y todas atravesamos, la suspensión de la mayoría de las actividades que hacían a nuestra vida cotidiana y a quiénes somos (o éramos), la desestructuración y restructuración de nuestra forma de trabajar o de enfrentar la pérdida del empleo, de los ingresos, de lo construido, han hecho del tiempo un espejismo, un cazador furtivo, o una condena.

Entonces, ¿cómo pensar este tiempo en relación con lo político? Acometer esta tarea es necesario porque, aunque transicional o provisorio, este tiempo forma parte de nuestra vida, será parte de nuestra historia, de nuestras biografías. De una u otra manera tendremos que apropiarnos de este tiempo traicionero, volverlo significativo, hacer que valga pena, darle algún sentido. Y es posible que cada uno de nosotros como sujetos individuales encuentre enormes dificultades para hacerlo, porque somos seres humanos, sujetos de deseos confinados, adormecidos o aniquilados por este tiempo. Por eso nuestra chance puede estar en aquello que es eminentemente político que es el vivir juntos, a pesar del aislamiento, en sabernos parte de la misma comunidad que atraviesa este tiempo. Encontrar en los otros, en sus necesidades y capacidades aquello que nos una, que nos ate fuertemente a la vida.

Porque habrá otro tiempo, eso es seguro. Habrá otro tiempo en la vida de la comunidad, y ojalá que también para cada uno de nosotros. Pero algo no ha cambiado. Lo único que tenemos es el presente, antes y ahora. El pasado siempre estuvo recubierto de polémica y el futuro, diría el poeta, llegó hace rato. El futuro por construir será resultado de quienes somos hoy, de qué principios informan nuestras decisiones, de cómo elaboramos una política del deseo, de cómo reproducimos la vida comunitaria a pesar de los cambios.

Que haya otro tiempo abre la posibilidad de actuar, nos convoca a pensar y a comprometernos. Quizás, egoístamente, hemos estudiado nuestras probabilidades frente al virus, según nuestra edad, lugar de residencia, estado general de salud, presencia de comorbilidades, o sea, en términos puramente especulativos. Al respecto, es importante recordar que no vivimos solos y en tanto sujetos de una comunidad nuestros actos producen consecuencias sobre los demás y nos devuelven, irremediablemente, aquello que hemos ofrecido.

Ese carácter inconcluso de los procesos políticos, del tiempo, puede conmovernos, impulsarnos o puede tomarnos por sorpresa, como en aquel microrrelato ficcional de Juan Carlos García Reig, El último cuento[1], en el cual un escritor ironiza sobre la muerte sin advertir que la tiene en frente. Que nuestro relato no quede inconcluso, que se diga de nosotros que hicimos todo lo que nuestro tiempo mandó hacer.

[1] El último cuento

CienPuntoUno 2020

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