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Herederos de la libertad

Los 'otros' no son extraños. Ellos son, al igual que nosotros, resultado de una historia común, de una matriz política compartida.

En el inicio de Política y/o violencia, Pilar Calveiro afirma que “la repetición puntual de un mismo relato, sin variación, a lo largo de los años, puede representar no el triunfo de la memoria sino su derrota” (2013: 11). La autora, politóloga argentina exiliada en México – como tantos otros compatriotas- analiza en ese texto los orígenes y desarrollo de una lógica violenta que recorre la política argentina del siglo XX. En un libro crítico, agudo y preciso, Calveiro confronta relatos con hechos, deseos con responsabilidades e ideales con cuentas pendientes de nuestra democracia.

No obstante, como casi todas las cosas, esa historia tiene un reverso. Al dorso del hilo conductor de la violencia en la política argentina encontraremos una pulsión vital de nuestra argentinidad: la historia de la política en la Argentina es, además, la historia de una lucha por la libertad.

Esa lucha asumió diferentes formas a lo largo del tiempo, desde la emancipación hasta los estallidos sociales, desde las huelgas hasta la desobediencia armada, desde el Que se vayan todos hasta el Nunca Más. El denominador común es una búsqueda incesante de resistir las formas de opresión económicas, jurídicas, sociales, físicas y políticas que coartan nuestras posibilidades de realización individual y colectiva.

En ese sentido, no es extraño que el discurso inaugural del Presidente Fernández haya recuperado la pretensión de construir una narrativa sobre nuestra historia, especialmente sobre la historia reciente de la Argentina, incorporando nuevos sentidos a la consigna Nunca Más. La potencia de esa afirmación está en su capacidad de síntesis de aquello por lo que luchamos.

Nunca Más es, ante todo, una certeza. Y es una certeza que como un gran escudo ético tiene muchas puntas, multiplicadas y forjadas en cada lucha. Nunca Más permitiremos ser “mandoneados”, como alegaba Alfonsín en su célebre discurso de cierre de campaña en el año ‘83. ¿Por ello resultó tan exasperante que Macri nos mandara a dormir después de las PASO del 11 de agosto?

Nunca Más a un país en el cual desaparecieron miles de argentinos y argentinas, torturados, tirados al mar, cuyos hijos e hijas fueron arrancados de los brazos de sus madres, quienes aún buscan ejercer uno de los derechos más elementales: la identidad.

Nunca Más a la expropiación y el saqueo, a la culpabilización individual del desempleo que es, en sí, una de las muestras del fracaso de cualquier política económica.

Nunca Más a la hipocresía, la solemnidad y el doble discurso que mantuvo en las sombras las versiones más diversas del amor.

Nunca Más a la injusticia, que es la forma más perversa de opresión, porque impide a sus víctimas la posibilidad de elaborar el pasado y el presente en la confianza respecto a mínimos valores comunes.

Los argentinos y argentinas de este tiempo somos herederos de esas luchas. Y toda herencia impone derechos y obligaciones. Es nuestro derecho, en nombre de nuestra historia, oponernos a cuanto intento autoritario busque re-presentarse en la comunidad. Y es nuestra obligación, en defensa de la democracia, procurar la construcción de un orden más justo, de formas de vida colectivas que no estén basadas sobre el sacrificio de las partes menos favorecidas, sino en un profundo sentido de comunidad, de un país que nos abrace a todos.

A su vez, toda herencia carece de selectividad. Por ejemplo, no elegimos qué atributos, cualidades, imperfecciones, manías heredamos de nuestros padres. Somos personas nuevas, diferentes, pero en ocasiones nos sorprendemos a nosotros mismos en actos de repetición que provocan un arco de emociones que se extienden desde el orgullo hasta el espanto. En ese sentido, ineludiblemente, todos somos herederos del autoritarismo, del peronismo, del radicalismo, de Cambiemos, del kirchnerismo, de los golpes de Estado, de las movilizaciones, de las Madres de Plaza de Mayo, de las Abuelas y de los Hijos, de las botas y de los votos, de los bastones largos y de los premios Nobel, por sólo mencionar algunos de los ‘activos’.

Seguir pensando a nuestros adversarios políticos como ramas diferentes no inhibe el hecho decisivo de que somos parte del mismo árbol. Los ‘otros’ no son extraños. Ellos son, al igual que nosotros, resultado de una historia común, de una matriz política compartida. Y, a pesar de las enormes diferencias que nos separan, hemos aprendido que nos gusta vivir en libertad.

En El miedo a la libertad, Erich Fromm (1974: 262) señala que “La victoria sobre todas las formas de sistemas autoritarios será únicamente posible si la democracia no retrocede, asume la ofensiva y avanza para realizar su propio fin, tal como lo concibieron aquellos que lucharon por la libertad durante los últimos siglos”.

Como herederos de la libertad, nuestro destino es luchar.

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