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La memoria colectiva es de corto plazo

A 4 años de la cruda fotografía de Aylan, la crisis migratoria alcanza un punto crítico. A pesar de la compasión que suscitó la foto, cada vez son más las víctimas de las guerras y la xenofobia. Hoy son millones los migrantes que ponen en peligro sus vidas (y la de sus hijos) en busca de una vida mejor.

“Nadie pone a sus niños en un bote a menos que el agua sea más segura que la tierra”, escribe Warsan Shire, una joven poeta somalí-británica, quien utiliza la poesía para explorar historias de viajes y escapes.

Tus vecinos corriendo más rápido que vos / respirando sangre en sus gargantas / el chico con el que fuiste a la escuela / quién te besó, mareado, detrás de la vieja fábrica de estaño / tiene en sus manos un arma más grande que su cuerpo / solo dejás el hogar / cuando el hogar no te deja quedarte”, detalla Shire en su poema “Hogar”.

Desde el 2015 se agudizó la crisis migratoria que azotó países de África y Oriente Medio, atravesados por conflictos bélicos, persecuciones, hambre y violaciones a los derechos humanos. Uno de los conflictos que tomó mayor protagonismo fue la Guerra Civil Siria, que dejó cientos de crudas postales de guerra y muerte. Fotografías que reflejaban el horror de miles de familias, y en especial, niños, completamente indefensos ante políticas conservadoras que actuaron en varias regiones para impedir el asilo de los refugiados.

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En una era fuertemente dominada por la imagen, aquellos rostros inundaron las redes sociales y los medios de comunicación, desde donde se logró dar visibilidad al conflicto, pero cuyo eco tuvo una corta vida.

Hoy se cumplen 4 años de la aparición de la fotografía de un niño fallecido sobre las costas de Turquía. Se trata de Aylan, un niño kurdo que murió ahogado mientras escapaba con su familia del Estado Islámico, concretamente de la masacre de Kobane. La tragedia ocurrió luego de dos intentos fallidos de llegar a la isla griega de Kos. El padre de Aylan habría optado por el último recurso: llegar a europa de manera ilegal en un bote inflable, el cual culminó en el hundimiento de la embarcación.

Miles de dibujantes, escritores y comunicadores difundieron la foto y llevaron la vista a una emergencia mundial de derechos humanos. Pero la vista encontró otros puntos rápidamente. La indiferencia cumplió la frase que rezaban los dibujos-homenaje: “La memoria colectiva siempre es de corto plazo”. En algunos medios la imagen se calificó como “La foto que no sirvió de nada”.

Por si fuera poco, tiempo después el Estado Islámico tomó su ventaja en la obsesión occidental por lo visual y utilizó la imagen del niño como una amenaza.

Utilizó la muerte del pequeño a favor de su discurso y advirtió sobre “El peligro de abandonar Darul-Islam [las tierras islámicas]”. El texto fue publicado en la revista digital Dabiq, que regula el Estado Islámico a modo de propaganda.

“Tristemente, algunos sirios y libios están dispuestos a arriesgar las vidas y amas de aquellos de los que son responsables de criar bajo la sharia [ley islámica], sacrificando a muchos de ellos durante el peligroso viaje a las tierras de los belicosos cruzados gobernados por las leyes del ateísmo y la indecencia”, manifestaron en la publicación.

Para el Estado Islámico, las muertes de miles de niños en botes de refugiados es culpa de las propias familias que buscan escapar de entornos hostiles. Curiosamente, y teniendo en cuenta el horror occidental que causó la fotografía, de este lado del mundo los líderes más autoritarios se excusan de las tragedias con la misma lógica.

El caso de Aylan no sólo perturba por sí mismo, sino porque encarna una postal de lo que significa la delgada línea entre la vida y la muerte para todos los ciudadanos de África y Oriente Medio que escapan del terror.

Hasta el momento, se estiman cerca de 900 víctimas en el Mediterráneo; más de 600 muertes en lo que va del año, sólo si se cuentan los fallecidos en el intento de alcanzar las costas europeas en la ruta marítima que une Italia y Libia, la más mortífera del mundo.

La situación empeora, y con la llegada de gobiernos conservadores se achica la posibilidad de los refugiados de encontrar asilo en los países de europa. De un lado, estados totalitarios los persiguen. Del otro, estados capitalistas y “modernos”, los dejan morir en el mar.

El único sobreviviente de la familia de Aylan fue su padre. Relató que sus últimas palabras fueron: “Papá, por favor, no te mueras”. En su inocente deseo duerme el anhelo de todo un continente.

“Solo dejás el hogar / cuando el hogar no te deja quedarte / nadie deja su hogar/ hasta que el hogar es una voz sudorosa en tu oído / diciendo / andate, / corré de mi / no sé en qué me convertí / pero sé que cualquier lugar /es más seguro que aquí.”

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