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Marcas personales

Que los partidos políticos están en crisis no es algo nuevo. Pero la implosión del sistema de partidos en Chubut refleja las consecuencias de una provincia devastada.

Los partidos políticos ya no son lo que eran, es cierto. La personalización de la política, la volatilidad del voto, las promesas incumplidas de la democracia (Bobbio, 1984) y hasta la influencia de los medios de comunicación y las redes sociales sobre las maneras de hacer política y de comunicar ideas pueden explicar esos cambios (desde 1989 el politólogo italiano Giovanni Sartori señaló la presencia de la videopolítica).

Hace tiempo asistimos a una escena pública en la que los desplazamientos, rupturas, y enfrentamientos encuentran crecientes dificultades para resolverse dentro de los partidos políticos. A su vez, la práctica de formar alianzas y coaliciones tradicionalmente identificada con los sistemas parlamentarios llegó – por imperio de la necesidad- a los sistemas presidenciales, entre ellos al argentino. Partidos, frentes, agrupaciones, organizaciones forman parte de una pluralidad de ideas que animan la vida democrática, pero tensionan las instituciones, especialmente las representativas.

En ese sentido, es oportuno recordar que una de las razones por las cuales se instituyeron las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) fue la de ordenar la oferta política en un sistema que requiere de formación de mayorías para poder funcionar. Una oferta partidaria electoral excesivamente fragmentada puede dispersar los votos y condicionar la construcción de legitimidad, que es el consenso o aceptación de una autoridad resultante, por ejemplo, del proceso electoral. Habrá quienes recuerden la estrategia de transversalidad que impulsó el presidente Kirchner luego de asumir con el 22% de los votos cuando Menem desistió de ir a la segunda vuelta en 2003.

¿Cómo estudiamos los sistemas de partidos? Una de las teorías clásicas para comprender y explicar su configuración y dinámica es la aportada por Sartori (1980). El autor señala que no sólo debemos contar cuántos partidos forman parte del sistema sino también analizar la dinámica de la competencia entre ellos, más o menos orientada hacia el centro o los extremos del espectro ideológico. Además, el autor nos brinda herramientas para contar partidos. ¿Cuáles partidos cuentan? Aquellos con capacidad de coalición, de acordar con otros, o con capacidad de chantaje, de obstruir iniciativas. Los partidos más extremistas tienen más dificultades para coalicionar porque la distancia ideológica con el resto es muy amplia y acordar posiciones implicaría resignar banderas. Los partidos más pequeños en número de bancas podrían parecer débiles, pero si son estratégicos y pueden ubicarse en una posición que incline la balanza cuando es difícil reunir mayorías aumentarían su incidencia. Cuanto más fragmentado es el sistema de partidos y mayor su distancia ideológica más inestable se vuelve.

Sin embargo, observamos como la fragmentación partidaria ha dado lugar a la construcción de marcas personales, que no podríamos llamar liderazgos porque justamente expresan la crisis de estos. Un liderazgo requiere construcción de legitimidad, una marca personal es una estrategia de supervivencia cuando a su alrededor la pertenencia a los partidos políticos deja de significar algo.

En Chubut, la Legislatura electa en 2019 resultó en la conformación de tres bloques (Chubut al Frente, Frente de Todos, Juntos por el Cambio). Cada una de esas estructuras partidarias reúne dentro de sí un conjunto de actores e intereses que funcionan más o menos aglutinados según disputas internas y condiciones contextuales. A poco más de un año de aquella elección, la Legislatura se encuentra fragmentada en 7 bloques, de los cuales 3 son unipersonales.

Siempre me resultó interesante observar cómo las reglas electorales mejor pensadas se deshacen ante la práctica política. Por ejemplo, la Constitución Provincial establece que para una legislatura de 27 bancas el partido más votado se lleva 16. Es una regla que pretendió formar mayorías, asegurar la gobernabilidad. No obstante, las reglas que pautan la conversión de votos en bancas no necesariamente ordenan la conversión de bancas en gobierno porque esas reglas interactúan con una dinámica partidaria específica y con un contexto.

Lo que pasa en los partidos políticos nunca puede leerse como algo ajeno a la sociedad en la cual anidan. Por ello, cuando el espacio público se llena de voces radicalizadas con propuestas que parecen desafiar lo que es legítimo en democracia, en lugar de escandalizarnos podríamos advertir que esas ideas representan – o pretenden representar- a alguien.

Resulta paradojal la sorpresa suscitada frente a las derivaciones de una crisis que lleva años de evolución en la provincia. Una crisis que implica 3 años sin clases, niñes y adolescentes expuestos a esa falta de escolaridad, docentes empobrecidos y obligados a subsistir cuando su legítimo reclamo es cobrar un salario por su trabajo, incendios que arrasan vida y familias frente a un gobierno provincial a quién se le están pidiendo explicaciones porque no se garantizó la seguridad del presidente.

¿Por qué esta crisis estructural y prolongada que vive la provincia, que corroe día a día la confianza en las instituciones, no llegaría a la Legislatura y a los partidos políticos?

En este contexto, la construcción de marcas personales en lugar del fortalecimiento de las instituciones, las organizaciones partidarias y el trabajo en base a los pocos acuerdos que hayan quedado en pie no parece la salida más efectiva en términos de una recuperación social, económica y política que ya no puede esperar.

CienPuntoUno 2020

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