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Opinión | populismo | María Esperanza Casullo | Luis Majul | Alberto Fernández

Más populista serás vos

La idea de un populismo siempre al acecho recorre la política latinoamericana y también la campaña presidencial en la Argentina. ¿Hay razones para temer?

El populismo se ha convertido en un enunciado con sorprendentes poderes performativos, casi como la amenaza de esos villanos infantiles con los que nos mantenían disciplinados por razones sobrenaturales, cuando las otras razones no eran suficientes.

Candidatos, representantes, periodistas, economistas, todos hablan de populismo y se sirven de un aura negativa asociada a este fenómeno, reproducida por diversos medios de comunicación, y azuzada cada vez que la alternancia política arriesga tomar un sentido popular y democrático menos convencional o, por qué no decirlo, más radical.

En los últimos días, se tildó de populistas al presidente mexicano López Obrador, a la diputada del PC chileno Camila Vallejo, a la alcaldesa de Guayaquil y miembro del Partido Social Cristiano Cynthia Viteri, por sólo mencionar algunos ejemplos recientes y próximos. Sin discutir el contenido de verdad de esos enunciados, resulta llamativo la apelación sistemática al fantasma del populismo como estrategia para cuestionar las decisiones o propuestas de un interlocutor político.

Es más, con frecuencia se hace explícito que no se sabe bien qué es el populismo, pero en principio es algo malo. En la entrevista que le hizo Luis Majul el 25 de agosto, el candidato del Frente de Todos Alberto Fernández dijo que “yo no sé muy bien qué es populismo, nunca nadie me lo terminó de explicar”, pero “si hay una característica de los gobiernos populistas es el endeudamiento, con lo cual no habría mayor populista que Macri”. [1]

Al respecto, dos comentarios. En primer lugar, quien quiera saber de qué se trata el populismo puede leer el trabajo de colegas politólogos argentinos como Barros, Aboy Carlés y otros, los textos de la politóloga argentina radicada en México Flavia Freidenberg, o en especial puede encontrarse con el maravilloso libro de la politóloga argentina – y patagónica- María Esperanza Casullo, texto que ya es referencia obligada por su contenido, pero también por su estilo de escritura amable con los no iniciados.

En Por qué funciona el populismo (2019)[2], Casullo fundamenta la supervivencia del populismo en tanto subproducto de la democracia y, además, destaca su antigüedad. En otras palabras, el populismo no es algo nuevo y puede comprenderse mejor si se lo piensa como un movimiento en el cual se reúnen un líder y un pueblo movilizado por un mito político, un tipo de discurso que establece una distinción entre nosotros y ellos basado en un daño (2019: 53 y 54). Ellos nos hicieron daño, nosotros merecemos una vida en común mejor. En ese sentido, es notable como ese mensaje puede construirse desde ideologías diversas, e incluso localizando a los “villanos” en distintos momentos y grupos dentro de una sociedad histórica determinada.

En segundo lugar, aún si fuera cierto que asistimos a un auge reticular de liderazgos y expresiones populistas, ¿por qué deberíamos pensar que esa proliferación es un signo político amenazante y no la expresión de un descontento, de una búsqueda o de otra manera de entender la democracia y, por lo tanto, la vida en común bajo ese régimen? ¿Acaso podemos desconocer que la democracia, además de un régimen de libertad, es un sistema para procesar los conflictos de intereses que surgen no sólo de la economía y la distribución de la riqueza sino también de las distintas visiones sobre el sentido que debe darse a la comunidad, qué prácticas serán permitidas y cuáles prohibidas?

Cuando Francisco Panizza (2005:21)[3] define al populismo nos dice que este fenómeno es “una apelación política” que articula nuevas relaciones, redefine fronteras y constituye nuevas identidades. En ese sentido, el populismo es una práctica eminentemente política asociada a la construcción de alguna noción de pueblo, no a la dilapidación de recursos públicos, la mala administración o la corrupción. Como ya sabemos, estas otras prácticas se distribuyen generosamente entre distintas ideologías y estilos de hacer política.

Quizás el punto más sensible del populismo, y aquello que más suspicacia genera, es justamente esta reivindicación, esta invitación al protagonismo de un sujeto político que en la democracia liberal se considera bajo custodia de las instituciones.

Por ejemplo, el artículo 22 de nuestra Constitución establece que el pueblo no delibera ni gobierna si no es a través de sus representantes. Incluso, la norma establece mecanismos de democracia semidirecta que fijan estrictas restricciones a aquello de lo cual el pueblo puede hablar a través de la iniciativa popular: no pueden presentarse proyectos referidos a reforma constitucional, tratados internacionales, tributos, presupuesto y materia penal. Estos temas son ni más ni menos que Gobierno, propiedad y libertad.

El verdadero fantasma que recorre a la democracia es el desencanto, las promesas incumplidas y la creciente dificultad que enfrentan los partidos políticos para ofrecer algún sentido de futuro que haga valiosa la vida en común y que asegure efectivamente la libertad y la igualdad de oportunidades. Y en política se verifica uno de los principios de la física que indica que todo vacío tiende a ser llenado. Por ello, la mejor estrategia para proteger a la democracia es hacer que funcione.

[1] Entrevista completa disponible en Alberto Fernández con Luis Majul en La Cornisa

[2] Casullo, M. E. (2019). ¿Por qué funciona el populismo? El discurso que sabe construir explicaciones convincentes en un mundo en crisis. Bs. As. Siglo XXI.

[3] Panizza, F. (Ed.). (2009). El populismo como espejo de la democracia. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

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