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Preguntarán por qué votamos

Contra todas las dificultades, la democracia en América Latina persiste y se regenera apoyada en su dimensión electoral. ¿Será suficiente?

Hace casi un año, en este mismo espacio, les proponía preguntarnos ¿Por qué estallan las democracias?. En ese momento, América Latina mostraba signos de descontento por doquier, por ejemplo, convertidos en protestas masivas en Chile y hasta quiebre de la democracia en Bolivia. En simultáneo, Argentina parecía un oasis democrático con un proceso electoral muy reñido pero transparente, la institucionalización de la alternancia y la aceptación de las reglas de juego democrático.

Un año después, pandemia mediante, tanto Bolivia como Chile están en camino – y en oportunidad- de fortalecer sus democracias apoyadas en procesos electorales presidenciales y constitucionales, respectivamente. Mientras tanto, Argentina carga en sus espaldas un año con aumento de la polarización, acusaciones de autoritarismo – recordarán la infectadura- y cierta frustración por políticas que contradicen los principios que creímos triunfantes en 2019, por ejemplo, la solidaridad versus la solución represiva en Guernica, la igualdad de género versus el no tratamiento de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

El cauce institucional que tomaron los procesos políticos de Bolivia y Chile son signos de avance sobre la incertidumbre que siempre ronda a los regímenes democráticos. Y esa incertidumbre no es un rasgo negativo, sino todo lo contrario. En la democracia lo incierto se relaciona con la apertura, el diálogo, la posibilidad de cambio, la pluralidad, la alternancia, la contingencia y la posibilidad de hacernos preguntas. En contraste, el autoritarismo clausura toda discusión, forja un orden y lo sostiene por la fuerza, niega el disenso y construye un cierre dogmático a cualquier interrogante. Me quedo con la incertidumbre, aunque cueste. ¿Ustedes?

Claro está, el comportamiento de los actores puede reforzar o moderar esa incertidumbre. En el caso de Bolivia, el despliegue represivo, la exigencia de renuncia a Evo Morales a principios de noviembre de 2019, el exilio junto con su vicepresidente, y las dudas que durante gran parte de 2020 acecharon la realización de una nueva elección presidencial, muestran cómo, efectivamente, la democracia es un trabajo cotidiano. Finalmente, en octubre pasado, las elecciones bolivianas demostraron cuán profunda es la persistencia de una convicción, una aspiración y la confianza en un proyecto político que mejoró la vida muchas personas. Según informa El País, “De 2006 a 2014, Bolivia creció a una tasa superior al 5% anual y la pobreza extrema se redujo del 38% al 18%”[1]. Así de sencillo y así de contundente, como el 55,1% de los votos que obtuvo Luis Arce, el candidato del MAS.

El futuro boliviano no está exento de desafíos y ningún político o política experimentado se contentaría exclusivamente con un resultado electoral, dada la distancia entre las habilidades requeridas para ganar elecciones y aquellas necesarias para conducir un gobierno. Una contundente legitimidad de origen es siempre un buen comienzo, aunque aún es pronto para saber si el nuevo gobierno honrará su procedencia partidaria, logrará recrear el crecimiento económico, o al menos revertir la caída del PBI por efecto de la pandemia – teniendo en cuenta que Arce fue el ministro de Economía de Evo Morales- y construir gobernabilidad. En ese sentido, resuena el señalamiento que el politólogo Santiago Anria [2] ha realizado sobre la convivencia entre Arce y su vice, David Choquehuanca, ex canciller y portador de su propia base social.

En el caso de Chile, la apertura democrática es más amplia en tanto el pasado 25 de octubre y con el 78,2% de los votos quedó aprobada la propuesta para reformar la constitución heredada de la dictadura pinochetista. A su vez, en un número igualmente alto se decidió el mecanismo de una convención constitucional formada por ciudadanos y ciudadanas que serán electos en abril de 2021. Pero quizás el dato más significativo es que esa Constitución será la primera en el mundo en elaborarse por una Convención integrada con paridad de género. En ese sentido, el trabajo profesional e incansable de las colegas de la Red de Politólogas en Chile constituye una experiencia ejemplar sobre cómo concebimos la Ciencia Política, en acción, con igualdad de género.

La pregunta que se abre ahora es cómo un país con fuertes desigualdades y resabios autoritarios elaborará esta profundización de la democracia en clave constituyente, y cuáles serán los contenidos de esa nueva constitución. Tal como lo han señalado las colegas Claudia Heiss y Julieta Suarez Cao, uno de los desafíos radicará en cómo recomponer un lazo representativo puesto en cuestión, en sincronía con un pueblo movilizado y unas elites que tendrán que encontrar cómo posicionarse frente a esa realidad que los disloca.

Elster (2002: 130) señala que “por definición, el viejo régimen es parte del problema que una asamblea constituyente debe resolver”. Sin embargo, hay matices. La Convención Constituyente chilena no actuará sobre una tabla rasa sino sobre una realidad y una historia, unos actores y unos intereses, unas relaciones de poder que han sido alteradas y así como en la física a una fuerza se le opone otra fuerza de igual o mayor magnitud, en la política suele haber respuestas. A esas respuestas estarán atentos y atentas todos quienes desean y luchan por un mejor Chile, con más igualdad y justicia.

Asimismo, el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución de diciembre 2019 establece en su art. 135 que el texto de la nueva constitución deberá “respetar el carácter de República del Estado de Chile, su régimen democrático, las sentencias judiciales firmes y ejecutoriadas y los tratados internacionales ratificados por Chile y que se encuentren vigentes”. Sobre esta base se negociará el contenido de la nueva constitución y no es poco lo que resta por decidir. Como ha señalado Negretto (2015) las constituciones escritas contienen reglas formales que regulan el acceso a posiciones del Estado, la asignación de poderes de gobierno, el reconocimiento de derechos de sus ciudadanos y ciudadanas, los procedimientos de reforma constitucional y las formas y circunstancias en que derechos y garantías pueden ser restringidos. Agregaría que las constituciones perfilan un modelo de relación Estado- sociedad, de ahí su trascendencia para la vida cotidiana de las personas, ya sea que esas cláusulas se cumplan o justamente porque no se cumplen.

Respecto a Argentina, es justo decirlo, al mismo tiempo que observábamos las imágenes de desalojo en Guernica, el gobierno nacional anunciaba la ampliación de la Asignación Universal por Hije (AUH) a 723.987 más niñas, niños y adolescentes que en la actualidad se encuentran fuera del sistema de seguridad social [3]. A esto me refiero con dar contenido concreto a lo que suscribimos en una constitución.

Bolivia, Chile y Argentina regeneran sus democracias apoyadas en procesos electorales, ratifican el mecanismo electoral como manera de resolver los desacuerdos, sea por la presidencia, sea por la constitución. Pero tendrán que dotar de contenido a la oportunidad que abre cualquier proceso electoral.

Hace 37 años, en la inauguración de nuestra democracia reciente, Raúl Alfonsín recitaba en su discurso de cierre de campaña que si alguien nos pregunta “hacia dónde marchan, por qué luchan, tenemos que contestarle con las palabras del preámbulo” de nuestra Constitución Nacional argentina.

Hoy, preguntarán por qué votamos. No sé cuál sería su respuesta, pero la mía es que votamos para cambiar la historia, votamos porque creemos que la violencia no mejora la vida de la comunidad, sino que la corroe, votamos para ser escuchados y escuchadas, votamos para realizar principios, demandar respuestas, ofrecer esperanza, construir presente y futuro, honrar la lucha de quienes entregaron su vida por la libertad, y producir justicia para todos y todas. Porque sin justicia, nada queda.

[1] Info en aquí.

[2] Autor de Cuando los movimientos se convierten en partidos. El MAS boliviano en perspectiva comparada, publicado en 2019 por Cambridge University Press.

[3] Info aquí.

CienPuntoUno 2020

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