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Rotos, pero no vencidos

La tristeza se esparce tanto o más rápido que el Covid. ¿Seremos capaces de transformar ese sentimiento en combustible para la lucha?

Se nota el cansancio. A nuestro alrededor, vemos gestos de dispersión, posturas tensas, caras de preocupación, de esas que se adivinan incluso con barbijo. Nos contamos que estamos tristes, irritables, angustiados, mal dormidos, rotos. Al cabo de siete meses de pandemia, y otro tanto de transformación forzada de nuestras vidas, nos sentimos arrasados. Tratar de negar esa realidad sería tan riesgoso como fomentarla con un desdén condescendiente.

Claro está, hay razones de distinta índole para sentirnos así. Por un lado, el último informe vespertino del Ministerio de Salud (2/10/20) arroja una cifra difícil de digerir: 20.599 argentinos y argentinas han muerto por Covid 19, y hay 144.575 casos confirmados activos. Todos los días nos enteramos de un caso en nuestro entorno, o alguien nos avisa que está en aislamiento o, peor aún, nos informan una muerte. Más doloroso todavía, las particularidades de esta enfermedad nos obligan a mantener la distancia social como estrategia de prevención y hacen mucho más difícil el acompañamiento a pacientes y familiares, poniendo a prueba nuestra resistencia.

Por otro lado, un reciente informe del INDEC [1] indica que el 40,9% de los argentinos están en situación de pobreza, un 5,5% más que en 2019, de los cuales el 10,5% se encuentra en la indigencia. Asimismo, más de la mitad (56,3%) de las personas de 0 a 14 años son pobres, aunque el mayor crecimiento con relación al semestre anterior se observó en los grupos de personas de 15 a 29 años (aumento de 7,1%) y las de 30 a 64 (+ 5,7%), según el mencionado informe.

En particular, en la provincia del Chubut hay trabajadores estatales a los que el gobierno provincial les debe tres meses de sueldo, trabajadores privados con sus empleos en riesgo, empresarios pyme con enormes dificultades para sostener sus negocios dado que el aumento de los contagios implicó el refuerzo de las restricciones a la circulación y a las actividades habilitadas, por mencionar sólo algunos sectores.

Por su parte, la ciudad de Comodoro Rivadavia no había terminado de recuperarse de la catástrofe climática de 2017 y la crisis del precio del petróleo cuando sobrevino esta pandemia. En el último año, la pobreza alcanzó a 15 mil personas más en el conglomerado [2], aumentando a 81.993 la cantidad de personas en esa situación.

Pero esta pandemia no sólo afecta los cuerpos y las economías, sino que también puede afectar nuestra salud mental y nuestra forma de experimentar la vida política. En ese sentido, el desafío es poder distinguir distanciamiento de soledad y darnos alguna estrategia para acompañarnos. Como ha señalado Guillermo Pereyra (2010) [3], para la filosofía política la soledad disuelve los lazos comunitarios. Sin embargo, el autor afirma que no necesariamente soledad y comunidad mantienen una relación de pura exterioridad o de oposición, porque “sólo en común podemos decir ‘yo’” y, en todo caso, “estamos solos” en un espacio compartido. Creo que ese es el punto más sugestivo de su pensamiento, explorar ese espacio en que estamos solos, pero irremediablemente juntos. Construir politicidad en el distanciamiento no es ni será sencillo, pero quizás lo que la historia nos tenía reservado es un salto epistemológico, un cambio profundo en nuestra manera de entendernos y de hacer política.

Muchxs de nuestros niñxs, adolescentes y jóvenes están tristes, sus proyectos de vida en suspenso, sus necesidades de sociabilidad postergadas o reconvertidas por completo a un formato digital del que hasta hace poco renegábamos. Si bien a lxs adultos esta situación los apremia en sus responsabilidades y deseos, a nuestrxs niñxs, adolescentes y jóvenes los priva de proyectar esa vida adulta. Y aunque esa privación sea transitoria, lo cierto es que nos hemos quedado sin certezas para ofrecerles. Claro está, podemos brindarles nuestra comprensión, nuestro consuelo, pero ¿cómo sostener la escolaridad virtual, la sociabilidad digitalizada y la teoría del esfuerzo en este contexto?

Creo que la respuesta puede situarse en la importancia de que, tanto niñxs, adolescentes, jóvenes como adultxs, intentemos transformar nuestra tristeza, incluso nuestro desconcierto, en potencia para la lucha, en energía creadora. En definitiva, no hay nada que exprese más profundamente la libertad humana que la creación de algo nuevo, la ruptura de la repetición, la imaginación transformada en acto y en sentido. Agregaría que por eso nos apasiona la política. No en vano, en El Capital Marx señala la especificidad del trabajo humano: lo que distingue al peor constructor de la mejor abeja es que aquel ha moldeado la obra en su cabeza antes de construirla. También usando la analogía de las abejas, Aristóteles señala en La Política que lo que distingue a los seres humanos de todos los demás animales que viven en grey (grupo, comunidad) es la posibilidad de usar la palabra (que no es lo mismo que hacer ruido).

Entonces, transformar la tristeza en imaginación creadora y ponerla en palabras puede ser un camino que nos ayude a transitar esta experiencia. Estamos abrumados, pero no vencidos. Lo decisivo para nuestra generación, para el futuro, y para el mundo que construimos con nuestrxs niñxs, adolescentes y jóvenes, será sabernos rotos y aún así seguir adelante, transformándonos.

Al fin y al cabo, como nos legó Leonard Cohen en Anthem [4], “hay una grieta en todo, así es como entra la luz”. Que nuestras grietas se llenen de luz y que seamos capaces de transformar todo eso en algo bueno. Eso sería afirmar nuestra humanidad en un acto profundamente político.

[1] INDEC (2020): Incidencia de la pobreza y la indigencia en 31 aglomerados urbanos, primer semestre, disponible aquí.

[2] MilPatagonias: “En Comodoro 82 mil personas se encuentran en la línea de pobreza”, 2/10/20, disponible aquí.

[3] Pereyra, Guillermo (2010): Sobre la soledad, Ediciones del Signo, Bs. As.

[4] Se lo puede ver y escuchar aquí.

CienPuntoUno 2020

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