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Somos

Somos el olvido y lo que insiste en no dejarse olvidar. Somos distancia y aquello que no podemos dejar atrás. Los humanos somos los únicos seres que podemos hacer del pasado una historia, y que esa historia se convierta en el futuro de otra persona. Somos, también, quienes sabemos que nuestro futuro es la muerte. Pero también somos aquello que la muerte no puede robarnos, perderlo u olvidarlo. Nos ha tocado en este azar temporal vivir tiempos de distancia, amor y muerte.

En el diario de hoy han dicho que murió un enfermero que había sido linchado por sus vecinos al circular la noticia que había dado positivo de Covid-19. Sus allegados comentan que, vía la noticia publicada, murió de depresión. Que había fallecido no por los golpes sino por la tristeza que le causó la segregación y la violencia que llegó desde un lugar seguro. Seguridad que uno supone a su barrio, sentirse en casa entre sus vecinos. En otra pantalla un canal de noticias trae el relato de una técnica de RX que ha sido golpeada por pedirle a una paciente que se coloque bien el tapaboca.

Durante el medioevo las enfermedades eran explicadas como castigo divino por los pecados del enfermo, dando un sentido hasta lo que entonces no encontraba mejor explicación. Así, quienes tenían algún signo visible de enfermedad eran automáticamente sometidos al escarnio público y debían ocultar los signos de la enfermedad para no ser juzgados como un pecador, lo que claramente, duplica el sufrimiento. Porque además de padecer la enfermedad debía adivinar cuál de todos era el pecado que estaba expiando en este destino. Esta forma vergonzante de llevar los signos de una enfermedad también recibe, en el ámbito de la salud, el término estigma. Queda claro que aún hoy se siguen buscando formas de culpabilizar a quien padece una enfermedad.

Los estigmas suelen ser uno de los principales factores por los cuales se retrasan las consultas en salud y principalmente en el ámbito de la salud mental.

Pero en los últimos tiempos el estigma de la enfermedad y la muerte pasó del signo de la enfermedad a los uniformes que identifican a los agentes de salud. Portar un ambo, un guardapolvo, era saber que esa persona era agente hospitalario. Y eso era suficiente para hacer un vacío en el menor de los casos o un acto de violencia cuando la cosa pasaba a mayores.

Son tiempos de olvido, distancia y muerte. Por eso, los amores que surgen entre los estragos del virus, los actos de solidaridad, y el compromiso con la tarea valen el doble. Solo nos falta poder contarlos para hacer del pasado, historia. Y de esa historia, futuro.-

Lic. Sebastián Núñez - Psicólogo - M.P. 0596

CienPuntoUno 2020

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