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Opinión | OEA | María Fernanda Espinosa | Luis Almagro

Una agenda para la OEA

La próxima elección para la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos ha asumido características trascendentales y reveladoras de la nueva coyuntura histórica, política y geopolítica que atraviesa este hemisferio.

Si bien es cierto es que la OEA surgió como parte del aparato político y defensivo de los Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría, en la actualidad esta organización podría sufrir un vuelco significativo y una reorientación radical en cuanto a sus principales lineamientos ideológicos y políticos.

El ex canciller uruguayo y actual secretario de la OEA Luis Almagro ofrece una candidatura sin mayores alteraciones frente a lo que ya se ha visto en la conducción de este organismo. Con una línea agresiva y confrontativa, sitúa su eje político en Venezuela y Nicaragua. Se trata justamente de una “agenda monotemática”, constituida en torno a las limitaciones de un poder político que sólo concibe la unidad a partir de la confrontación total, sin medir riesgos, provocando fragmentaciones y divisiones de todo tipo.

Por ello, el combate frontal contra los regímenes bolivarianos no sólo no ha dado los resultados buscados por las fuerzas conservadoras, sino que incluso a alimentado todavía más las grietas y las escisiones. Las irregularidades y la actuación poco clara de la OEA frente a las pasadas elecciones presidenciales en Bolivia expresan, tal vez, el máximo punto de una política sinuosa, poco clara, y reivindicatoria, por igual, del oportunismo y del pragmatismo extremo.

En cambio, la única agenda realmente positiva, innovadora y proactiva es la presentada por la otra candidata: María Fernanda Espinosa. La ex canciller ecuatoriana y ex presidenta de la Asamblea de las Naciones Unidas asume como principales herramientas de conducción política al diálogo, la búsqueda de acuerdos y la construcción de amplios y duraderos consensos.

En su propuesta, la organización hemisférica debería recuperar aquellos principios esenciales que contribuyeron a darle vida y que, sin duda, van más allá de la seguridad hemisférica: el desarrollo social en sus formas más amplias y diversas y la lucha por los derechos humanos (de una manera amplia y no parcializada), así como también la urgente incorporación de problemáticas transversales como la actual pandemia provocada por el coronavirus, el cambio climático, las migraciones masivas y, en especial, la lucha a favor de la igualdad de género y por la reivindicación de las diferencias culturales y de las identidades indígenas y originarias de América.

La OEA se encuentra hoy en una situación crítica, fraccionada en grupos y sectores sin diálogo entre ellos mismos, enfrentados en conflictos que parecen ya no tener resolución. Que por disposición del actual Secretario General la elección se realice este viernes 20 de marzo, en medio de una pandemia global, sin la presencia de los cancilleres de todo el continente, sin participación de organizaciones sociales, políticas y culturales y, principalmente, sin mayor cobertura periodística, revela la compleja coyuntura en la que se encuentra esta organización y las enormes presiones a las que se ve sometida por aquellos que sólo pueden optar por el continuismo y, en consecuencia, por el rechazo a encontrar soluciones efectivas y viables a los grandes problemas de toda América.

Con todo, quizás sea ésta una especial oportunidad para recrear la constitución de este organismo multilateral bajo una impronta renovada, de cara a los principales desafíos del siglo XXI, más cerca de los reclamos de la ciudadanía y, especialmente, bajo un nuevo esquema de contrapesos, pero también de búsqueda de consensos, frente a aquellos actores políticos que casi siempre hicieron pesar en ella su condición hegemónica.

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