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Opinión |

Una comunidad diferente

El tiempo histórico que atravesamos exacerba un desafío que ya veníamos enfrentando: la tensión entre individualismo y sentido comunitario.

La paradoja de un mundo crecientemente globalizado en el que proliferaron tantas formas de individualismo y soledad alcanzó un estado de máxima tensión a partir de la nueva propagación de un virus.

Según advierten los expertos, sobre todo en Historia, no es la primera vez que una enfermedad se esparce atemorizante sobre la vida de las personas en diferentes latitudes. Sin embargo, la velocidad y capacidad de daño masivo del COVID-19 provocó en el mundo reacciones que abarcaron desde la incredulidad y la negación hasta la desesperación y el desconcierto. Finalmente, diversos Estados nacionales y subnacionales tomaron medidas de restricción de la circulación de personas, con su consecuente impacto sobre otras libertades.

La instantaneidad con la que disponemos hoy de información global, así como la multiplicación de sus canales a través de redes sociales, nos hace testigos cotidianos de imágenes temibles, anticipos de lo que no queremos vivir, lugares donde no queremos estar. Al respecto, en 1967 Michel Foucault dictó una conferencia llamada “De los espacios otros”. Allí, con tono siempre algo provocador, Foucault nos hacía pensar en las heteropías, esos espacios diferentes a los que habitamos cotidianamente, pero enlazados con la comunidad. Uno de los ejemplos que tomaba en su descripción eran los cementerios, pero también los lugares de vacaciones en donde el tiempo se desconfiguraba y se podía vivir de otra manera, en otro lugar, por unos días. No se trata, entonces, de lugares buenos o malos sino de lugares diferentes.

Hoy nos enfrentamos a la exigencia y a la necesidad de convertir nuestros hogares en espacios diferentes, espacios otros, lugares de aislamiento preventivo, desinfección, aprovisionamiento, contención y tramitación de información y también de incertidumbre. Y este ejercicio ha tenido sus ritos, aunque a una velocidad difícil de asimilar. Pienso en las conferencias de prensa del presidente, en los decretos y resoluciones que ordenan normativamente un conjunto de nuevas reglas para la reproducción de la vida en común, para que esa vida en común siga siendo posible.

Efectivamente, en este caso el aislamiento parece ser precondición para la reproducción de la vida comunitaria. ¿Suena absurdo, no? ¿De qué manera aislarse podría servir de algún modo a lo colectivo? Pues en este caso sí, el aislamiento físico es exactamente lo que puede permitir que nuestros otros vínculos, simbólicos, afectivos, solidarios, laborales, psíquicos, filiales puedan tener algún lugar.

Quisiera insistir en que el aislamiento físico no implica desentenderse de lo que ocurre fuera de nuestros hogares. En la actualidad, existen muchas formas de estar conectados y de sostener una actitud de cuidado y atención hacia los demás. Por supuesto, angustia saber que hay personas que dependen de nosotros, que pueden necesitarnos allí físicamente, pero este tiempo requiere, más que cualquier otro, desplegar estrategias de cooperación que nos hagan uno, en muchos lugares, al mismo tiempo.

Además, nuestros nuevos espacios otros, nuestros hogares, están fuertemente enlazados con lo que nos ocurrirá como comunidad. Si acaparamos más alimentos de los que realmente necesitamos, si compramos todos los elementos de desinfección disponibles (en caso que tengamos el dinero porque ahí se ha jugado esa diferencia una vez más) en lugar de pensar que los demás miembros de nuestra comunidad también necesitan de esos insumos, no advertiremos que está en nuestro interés más primitivo de supervivencia que dispongan de todo ello. Este tiempo nos muestra una vez más cuánto de nuestra vida individual se relaciona con nuestra historia y nuestra biografía colectiva, como nos enseñó Wright Mills en la Imaginación Sociológica.

No estamos solos, aunque estemos físicamente aislados. Y no estamos solos en ninguno de los dos sentidos posibles: por un lado, nos une a nuestro grupo, a nuestra comunidad, un pasado común, un presente urgente y un futuro por vivir; por otro lado, nos une la responsabilidad que tenemos como sujetos colectivos y las consecuencias de nuestros actos.

Creo que puede ser útil la noción de estar mancomunados, estar unidos en un propósito común, en este caso relacionado ni más ni menos que con la supervivencia. Para estar unidos no necesitamos estar físicamente juntos.

Entonces, amontonados, no; mancomunados, sí. Más que nunca.

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