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Una fábula argentina

La desafiante actualidad política argentina nos convoca a pensar cuáles son los aprendizajes con los que contamos.

Cuando era niña solía leer libros de fábulas antes de dormir. Era agradable pensar en cosas buenas en la noche. Además, las fábulas tienen muchas ventajas: son textos breves, su escritura es sencilla porque se escriben para un público amplio y diverso, suelen estar acompañadas de dibujos, y enseñan algo.

Cuando tuve hijos y me enfrenté – como todos- a la dificultad de enseñar cosas que no tienen que ver con la racionalidad sino con los sentimientos, los valores, el azar, que desafían nuestra propia historia y ponen en juego (y en la cara) lo que no somos – o nuestras sombras-, también recurrí a las fábulas. Pero a mis hijxs les divertía más que se las lea o, mejor aún, que las representemos. Entonces, nos sentábamos en el piso con algún muñeco y peluches de distintos animales (no había suficientes ovejas) y recreábamos, por ejemplo, El Pastorcito Mentiroso (Esopo). Es la fábula que enseña que si mentís y mentís, cuando digas la verdad nadie te va a creer. Es cierto que el pastorcito logró engañar a sus vecinos muchas veces, eso también nos hace pensar en la condición humana. Pero los engaños no pudieron repetirse para siempre, porque hasta los relatos mejor escenificados se dan de bruces con la materialidad de los hechos, de los actos, en algún momento.

Después de meses de pandemia, cuarentenas, incertidumbre y muerte en la Argentina, acompañadas de escenas de inicial cooperación política entre oficialismo y oposición, seguidas de acusaciones de infectadura, anuncios de golpes, levantamientos policiales y reedición de disputas en torno a qué hacer con el dólar, puede ser productivo pensar(nos) e indagar en los aprendizajes que nuestra propia historia nos deja. Pensar una fábula argentina.

Había una vez un país que se miraba en dos espejos. Uno de ellos le decía que era un país hermoso, rico, con un futuro brillante, un país importante. El otro espejo, en cambio, le devolvía a país una mirada muy diferente. En este segundo reflejo, país era conflictivo, caótico, ineficiente, despilfarrador, insignificante, feo. Así, país creció escuchando estas dos versiones sobre sí, lleno de contradicciones porque el brillante futuro que le habían prometido se empecinaba en apagarse, en deslucirse, y en otros aspectos de su vida las cosas no le salían tan mal. Entonces, cuando país maduró se dio cuenta de que esos relatos escondían intereses, que no todos decían la verdad todo el tiempo, y que quién era él dependía sólo de sí mismo, de sus actos, de los hechos.

Respecto a esa mirada negativa de la identidad nacional, los queridos profesores Virginia García Beaudoux y Orlando D’Adamo (1995) escribieron un libro entrañable, El argentino feo. En ese trabajo, los autores elaboran una aproximación psicosocial al problema de la imagen negativa que pesa sobre lxs argentinxs y, luego de analizar distintos momentos de la historia que incidieron sobre el desarrollo de nuestra manera de mirarnos, afirman: “Eran tan altas las expectativas sostenidas, y tan grande la certeza de que el resultado final sería exitoso, que de tanto creer en un futuro dorado se olvidó cultivar el presente para asegurarlo” (1995: 29).

Esa contundente aserción no hace más que señalar lo que todos, en tanto argentinxs, hemos experimentado alguna vez: la sensación de que el futuro se nos escapa, la frustración por la repetición de problemas y, peor aún, de “soluciones”, la dificultad para establecer un nexo de responsabilidad colectiva entre lo que hacemos hoy y lo que pasará mañana.

Y hoy, más que nunca, ese doble espejo que nos devuelve una mirada triunfalista y otra mirada de impotencia se amplifica en medios de comunicación y redes sociales. Hay una guerra de relatos sobre lo que somos, sobre lo que seremos y, aunque no es nuevo, sobre lo que fuimos y sobre lo que debemos ser.

Por ello, entre tanto ruido, sería oportuno reflexionar sobre qué hemos aprendido como país, de manera que podamos encontrar algunos puntos de apoyo para pensar el presente y el futuro.

A continuación, haré referencia a tres aprendizajes, aunque estoy segura de que hay muchos más que Uds. evocarán al leer este texto, y que podrían agregar a esta lista.

Aprendimos que la violencia sólo produce dolor y sus consecuencias se irrigan en familias, generaciones, cuerpos, mentes y espíritus. Sabemos que esa capacidad de ejercer la violencia existe, la hemos vivido, y sabemos también que no es exclusiva de una ideología. Por lo tanto, y en ejercicio de este aprendizaje, no deberíamos admitir comportamientos ni discursos que reivindiquen formas perimidas de resolver los conflictos.

Aprendimos que endeudarnos salvajemente condiciona nuestras posibilidades de desarrollo, ata a generaciones futuras, les imprime esfuerzos desmedidos (una y otra vez) y nos mantiene en un ciclo de urgencias que impide planificar.

Aprendimos que sólo en democracia podemos vivir en libertad, expresarnos y pensar proyectos de vida autónomos. Y ese aprendizaje ya no deviene de una mirada de la democracia como promesa de cura a todos los males, sino de la posibilidad y la experiencia de construir, poco a poco, mejores democracias. Sin ir más lejos, entre el 14 y el 19 de septiembre pasados la organización Asuntos del Sur promovió la iniciativa Democracia Viva en busca de un nuevo acuerdo democrático[1], en clave participativa e incluyente.

La fábula argentina podría componerse de los aprendizajes mencionados y, seguramente, de muchos otros. Ahora país sólo tiene que ponerlos en práctica, aunque crujan los espejos.

[1] Más información aquí.

CienPuntoUno 2020

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