La muerte del último mito

Reflexiones sobre la partida de Indio Solari y el fin de la era de la escasez simbólica.

domingo, 7 de junio de 2026 - 5:44

Por José Romero

La muerte de Indio Solari no puede ser interpretada únicamente como la desaparición física de un músico extraordinario. Tampoco alcanza con describirla como la despedida de una figura central del rock argentino. Lo que parece haber ocurrido es algo más profundo: la clausura simbólica de una época cultural.

Durante décadas, la Argentina produjo figuras que excedían ampliamente sus profesiones. No eran solamente cantantes, escritores, deportistas o líderes religiosos. Eran mitos. Personas capaces de condensar en sí mismas los deseos, las frustraciones, las esperanzas y los conflictos de millones de ciudadanos. El Indio Solari fue una de las últimas expresiones de esa tradición.

Su singularidad no residía solamente en sus canciones. Se encontraba en el modo en que construyó su presencia. Mientras la cultura contemporánea premia la exposición permanente, Solari edificó su figura desde la distancia, el misterio y la escasez.

Hablaba poco, aparecía poco y cultivaba una relación singular con su público. Paradójicamente, cuanto menos se mostraba, más crecía su influencia.

Quizás por eso resulte útil pensar al Indio como uno de los últimos ídolos de la era de la escasez simbólica. Hubo un tiempo en que la atención colectiva estaba concentrada. Existían pocos canales de televisión, pocas radios, pocas editoriales y un conjunto relativamente reducido de referentes culturales. Millones de personas compartían las mismas canciones, los mismos programas y los mismos relatos. Aquella escasez permitía la aparición de gigantes simbólicos.

La revolución digital modificó radicalmente ese escenario. Hoy vivimos en una economía de la abundancia. Existen millones de contenidos, miles de plataformas y una oferta prácticamente infinita de estímulos. La democratización de la producción cultural produjo beneficios indudables, pero también tuvo una consecuencia inesperada: la dificultad para generar figuras capaces de reunir a una sociedad entera alrededor de un mismo símbolo.

El siglo XX producía ídolos. El siglo XXI produce flujos de atención. Antes existían estrellas que organizaban la experiencia de generaciones completas. Hoy predominan comunidades fragmentadas, nichos especializados y micro celebridades de enorme alcance pero de menor densidad simbólica.

En este contexto, la muerte del Indio adquiere un significado especial. Su figura pertenecía a una ecología cultural que está desapareciendo. Las llamadas “misas ricoteras” no eran simples recitales. Funcionaban como rituales de pertenencia. Miles de personas recorrían cientos de kilómetros para compartir una experiencia que trascendía lo musical. Aquello tenía algo de peregrinación laica y de comunidad imaginada.

Resulta interesante observar que el fenómeno ricotero sobrevivió a gobiernos, crisis económicas, transformaciones tecnológicas y disputas ideológicas. Fue apropiado parcialmente por distintos sectores políticos, pero nunca pudo ser reducido completamente a ninguno de ellos. Allí radica parte de su fuerza. El Indio era demasiado grande para convertirse en propiedad exclusiva de una tribu política.

Esta reflexión también permite comprender una transformación más amplia del escenario cultural argentino. Durante las últimas décadas, el kirchnerismo construyó una importante presencia en instituciones culturales tradicionales: universidades, editoriales, medios, organismos de derechos humanos y espacios intelectuales. Mientras tanto, las nuevas derechas comprendieron con rapidez el potencial de las redes sociales, los influencers, los podcasts y las plataformas digitales.

La disputa cultural dejó de producirse exclusivamente en las instituciones clásicas y comenzó a trasladarse hacia nuevos territorios de atención. Sin embargo, tanto unos como otros parecen enfrentarse al mismo problema: la dificultad para producir figuras míticas. Se pueden construir audiencias gigantescas. Se pueden acumular millones de seguidores. Pero resulta mucho más complejo generar símbolos capaces de atravesar generaciones.

Tal vez por eso la muerte del Indio produce una emoción que excede la nostalgia musical. Lo que se despide no es solamente un artista. Lo que se despide es una forma de construir comunidad. Una forma de organizar la atención. Una forma de habitar el espacio público. Algunos podrían agregar a Francisco en esta misma categoría. Distintos en todo, ambos parecen haber pertenecido a una generación de figuras capaces de representar algo más grande que ellas mismas. Uno articuló una sensibilidad espiritual global; el otro una sensibilidad cultural popular. Ambos fueron hijos de una Argentina anterior a la fragmentación digital.

Quizás la pregunta más importante no sea quién ocupará sus lugares. Tal vez la verdadera pregunta sea si nuestra época todavía puede producir figuras de esa magnitud. La arquitectura cultural contemporánea parece orientada hacia la dispersión, la velocidad y la multiplicación infinita de voces. Los mitos requieren otra cosa: tiempo, concentración, misterio y permanencia.

La paradoja es notable. Nunca hubo tanta información disponible. Nunca existieron tantas posibilidades de expresión. Y, sin embargo, cada vez parecen más escasas aquellas figuras capaces de convertirse en patrimonio simbólico de una sociedad entera. En ese sentido, la muerte de Indio Solari puede leerse como un acontecimiento histórico. Marca el final de una era en la que todavía era posible que millones de personas compartieran los mismos símbolos. Quizás no sea el último gran artista argentino. Seguramente no lo sea. Pero sí puede haber sido uno de los últimos grandes mitos de una Argentina que todavía creía en la potencia de las historias compartidas.

César Aira ha mostrado en muchas de sus novelas una fascinación por esos momentos en los que una época cambia sin que sus habitantes terminen de comprenderlo. Algo de eso parece ocurrir aquí. La muerte del Indio no modifica la economía ni altera los mercados.

Pero revela una transformación más profunda. Nos recuerda que quizás estamos asistiendo al final de la República de los Grandes Símbolos. Por eso su muerte produce una emoción que excede la nostalgia musical.

Lo que se despide no es solamente un artista. Se despide una forma de construir comunidad. Una forma de organizar la atención. Una forma de producir pertenencia.

Quizás por eso la muerte del Indio conmueve incluso a quienes nunca fueron ricoteros. Porque intuimos que no estamos despidiendo solamente a un músico. Estamos despidiendo una época. Una época en la que todavía parecía posible que millones de personas compartieran los mismos relatos, los mismos símbolos y las mismas canciones.

Como escribió el propio Solari: “El futuro llegó hace rato”. Y tal vez ahora descubrimos que, al llegar, también comenzó a llevarse consigo a los últimos mitos argentinos.

Sobre José Romero

Director del Programa de Prospectiva de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Profesor en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y en la Universidad del Salvador (USAL). Doctor en Ciencia Política.

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