UN SUEÑO PARA VIVIR

Quizás no se puede vivir de sueños, pero ¿acaso no necesitamos un sueño para vivir?

domingo, 24 de abril de 2022 - 12:01

Por Analía Orr

 

“¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”[1]

 

Si la vida es frenesí, vivir en Argentina es entrenarse en la supervivencia a las crisis, la repetición y la impotencia que causa ver a nuestro país sumido una y otra vez en escenarios de urgencias y desorientación. También es sabernos capaces de vivir de otro modo, de construir proyectos que nos convoquen, de sostenerlos con coraje, de darnos el permiso de enunciar nuestros sueños.

En nuestra memoria histórica reciente conviven las imágenes del Juicio a las Juntas y los indultos, de la hiperinflación y el 1 a 1[2], de los ositos de peluche para los kelpers y de la reivindicación de la lucha por nuestras Malvinas, del que se vayan todos y de las plazas llenas de esperanza ante los nuevos ciclos políticos- pienso en octubre 1983, o en el Bicentenario, por ejemplo.

¿Se trata del péndulo argentino sobre el que escribieron, entre otros, Dante Caputo (2015) o es algo más? ¿Es el empate hegemónico de Portantiero (1973)? ¿Es un problema de estructura económica con consecuencias políticas a la O’Donnell (1976)?¿La culpa es del peronismo – como si antes no hubieran existido crisis?[3]¿Es nuestra historia la de las oportunidades perdidas y fallos recurrentes? ¿El problema es la “grieta”?

No me atrevería a emprender el intento de una explicación en una columna, por pudor académico. Pero sí quisiera advertir que muchas de las preguntas que nos hacemos sobre la Argentina tienen un componente normativo que trafica la noción de desajuste respecto a algo que debió ser. Y sobre qué somos y qué debimos ser no hay acuerdo. Al respecto, resulta interesante la noción de argentinidad que postula Luis García Fanlo, en referencia a una invención que permite siempre mantenernos en cierta posición de incompletitud, de falta y, por ello, nos hace gobernables.

Ahora bien, frente a las evidencias de la realidad hay dos respuestas típicamente humanas: fuga o lucha. Podemos resignarnos a la deriva de una realidad que nos resulta insatisfactoria porque es compleja y difícil de modificar, o podemos reunir nuestras mejores experiencias, liderazgos, ideas y capacidades de trabajo para pensar otra cosa, y atrevernos a soñar ¿por qué no?

No es una propuesta de sueño en el sentido de fantasía la que quisiera impulsar, sino en el orden de ideal, de horizonte o más sencillamente de coordenadas para la acción con sentido que pueda sobreponerse a la máquina de picar ilusiones que es el día a día. En ese ritmo diario atestiguamos peleas y atajos para obtener mayorías en instituciones que expresan más interés por salvaguardar asientos y egos que por responder a las múltiples y crecientes necesidades de un pueblo agobiado por la materialidad concreta y brutal de la pobreza, la inflación, las dificultades de acceso a la vivienda y la incertidumbre sobre el futuro, entre otras. Queda claro que estas últimas dos líneas podrían escribirse en distintos momentos de nuestra historia, que no son exclusivas de la actual coyuntura nacional, pero eso no nos consuela.

¿Y qué hacen las provincias mientras tanto? Quizás cada lector/a puede dar sus ejemplos, pero les cuento que en Chubut gran parte de la agenda de discusión pública de las últimas semanas estuvo tomada por la cuestión ‘Ley de Lemas’ sí o no. Como si no supiéramos ya qué ocurre cuando las clases dirigentes se preocupan más por sus intereses y problemas de coordinación que por las necesidades y demandas claras y concretas de sus electores. Sólo por traer una referencia próxima, en Chubut ardió la Legislatura a fines de 2021, y no en sentido figurado. También se discuten fórmulas de candidaturas a la gobernación de la provincia en 2023 que carecen de paridad de género y omiten el reconocimiento del liderazgo y el trabajo político de muchas mujeres en la provincia. Si son globos de ensayo, se pinchan antes de volar.

Los sueños pueden transformarse en proyectos, los proyectos pueden impulsarse con liderazgos y capacidad de trabajo y se fortalecen en la diversidad, no en la repetición de fórmulas cerradas que pierden arraigo en el proceso político del territorio.

En el final de “La política como vocación”, Max Weber (1919: 178-179) escribió: “… en este mundo no se arriba jamás a lo posible si no se intenta repetidamente lo imposible … Únicamente quien está seguro de no doblegarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado necio o demasiado abyecto para aquello que él [o ella] está ofreciéndole; únicamente quien, ante todas estas adversidades, es capaz de oponer un sin embargo; únicamente un hombre [o una mujer] constituido de esta manera podrá demostrar su vocación para la política”.[4]

Quizás no se puede vivir de sueños, pero todxs necesitamos un sueño para vivir, una idea, meta, deseo que nos permita disponer nuestra voluntad, nuestro esfuerzo, pero también nuestras ilusiones al servicio de algo ulterior, más allá de nuestra circunstancial humanidad a término. Un sueño que nos permita decir “sin embargo” cada día, en sentido weberiano.

[1] Pedro Calderón de la Barca (1635). “La vida es sueño”.

[2] Convertibilidad de la moneda nacional con el dólar establecida por ley en 1991.

[3] Lo que nos lleva a reflexionar sobre qué es lo que verdaderamente molesta de los gobiernos peronistas.

[4] Los corchetes son míos.